En el nombre de Dios, Clemente y Misericordioso

Alabado sea Dios, Señor de los mundos; la paz y las bendiciones sean para nuestro señor Muhammad y su familia purificada, y la maldición de Dios para todos sus enemigos.

 

Son ustedes muy bienvenidos, excelentísimos señores, queridos hermanos, expertos elegidos por la nación en quienes se ponen las esperanzas en tan numerosas ocasiones. Esperemos, Dios mediante, que sus afanes sean recompensados, que lo que en estos dos días de reuniones han dicho y reclamado ustedes, así como lo manifestado por el excelentísimo señor Movahhedí Echmalí, entre en la rueda del proceso de decisión, y que, Dios mediante, las autoridades, nosotros y todos podamos cumplir con nuestro deber en esos campos. Los responsables deben crear relato sobre lo que se ha mencionado. Algunas de ellas son cosas que deben decirse y repetirse hasta que, si Dios quiere, se conviertan en algo conocido por el común de la gente.

Rendimos homenaje a los excelentísimos miembros de este colectivo que han fallecido, y pedimos al Altísimo misericordia y perdón para ellos, en especial para los difuntos señor Shahrudí y señor Momén (sea para ellos el paraíso de Dios) y para los demás hermanos.

Estos días, las reuniones mantenidas entre ustedes han coincidido con la Semana de la Sagrada Defensa, una conmemoración de extrema importancia. Mientras que, por lo general, las conmemoraciones de guerras tienen lugar en la fecha en que acabó la contienda, la Semana de la Sagrada Defensa lo tiene en su fecha de inicio, lo que en un principio podría parecer inapropiado. Sin embargo, dado que el comienzo de la Sagrada Defensa propició en nuestro país ―pese a todos los perjuicios materiales― un movimiento general de inmensas dimensiones en todo el país. Nos hizo conscientes y capaces de percibir ciertas cosas. Nos dio conciencia, a toda la nación iraní, de la delicada situación en que nos hallábamos, y luego eso se transformó en una plataforma en la que se desarrollaron los talentos y cristalizaron las fes y las sinceridades revolucionarias. Desde este punto de vista, aquel acontecimiento y su inicio son un recuerdo valioso.

Una anécdota del principio de la Guerra Impuesta

Y, desde este mismo punto, voy a comenzar a abordar los puntos que traigo anotados, y les digo que la Sagrada Defensa nos transmitió ciertas enseñanzas que no deben olvidarse. Deberíamos ampliar y desarrollarlas en los distintos ámbitos de nuestras vidas. Lo primero: la cuestión de la confianza en Dios. «Y quien confíe en Dios tendrá suficiente con él» (Sagrado Corán, 65:3). En verdad, la confianza en Dios que el imam Jomeiní (para él el paraíso de Dios el Altísimo) desprendía y comunicaba a los responsables del país en aquellas circunstancias, ya desde el principio, era algo realmente admirable. Puede que lo haya dicho ya muchas veces en distintos lugares: en el segundo o tercer día de la guerra, quizá en el primero, nos juntábamos todos en aquel sótano seguro del Estado Mayor Conjunto ―una «sala de guerra», como se dice, en cierto modo una sala de operaciones―, y pasábamos allí noches y días todos los responsables del país. Estaban el presidente de la República, el primer ministro, el difunto señor Beheshtí (mártir)… estaban todos. Estábamos todos nosotros allí, de manera constante. En una habitación estaban los militares, haciendo sus propias consultas. Vinieron por mí, que tenía relación con ellos, y dijeron que tenían una cuestión y que debía ir para que me la dijeran. Fui. Me dieron un papel ―quizá lo tenga aún entre mis notas antiguas―, en el que había escrito que nuestras existencias de aviones eran tales ―tantos F-14, tantos F-5, tantos F-4, etcétera, etcétera―, y que cada uno de ellos se nos iba a acabar en tantos días o, más bien, que seguíamos teniéndolos, pero iban a dejar de funcionar, por llevar piezas de consumo rápido que no nos daban y no teníamos, en cuatro o cinco días.

El período más largo era el de los 330 de carga, para los que habían escrito que funcionarían en torno a un mes, treinta y dos o treinta y tres días, creo. Los demás pararían antes; es decir, que como en unos cinco días no tendríamos F-14, que quedarían en tierra y no podrían volar; en ocho días ya no tendríamos, por ejemplo, F-4, etc. Me dieron el papel y me dijeron que querían que supiera cuál era la situación, que ellos querían combatir, pero que el espacio aéreo del país carecía de medios de defensa, y que yo tomara aquello e hiciera lo que pensase oportuno, que pensase qué hacer. Tomé el papel, lo miré y dije que bien, que tenía que ir a ver al imam (Jomeiní). No recuerdo si fue ese mismo día o al siguiente que fui a verlo, llevando el papel, y le dije que me habían dicho eso, que en unos días dejaríamos de tener capacidad de defensa aérea. El imam me lanzó una mirada y dijo: «¡No saben de qué hablan! ¡No, señor! Sí se puede; no pasa nada». Uno se quedaba realmente atónito ante tal confianza en el Altísimo. Decía que no, no recuerdo ahora la frase exacta, pero lo que daba a entender era que Dios nos ayudaría. « Pero, ¿qué dicen estos?»; algo así dijo, y nos dio fuerza de determinación. Aquellos aviones F-14 y F-4 aún nos están sirviendo, después de unos cuarenta años. Todavía los tenemos. Los hemos reparado muchísimas veces. En el momento de su revisión legal los volvimos a reparar conforme a lo de antes, los pusimos en funcionamiento, y ahora funcionan de manera estupenda, y nos sirven en otros sitios.

Necesidad de mantener la confianza en Dios

Confianza (en Dios). Esa confianza debemos tenerla en todos los ámbitos. A veces oigo decir a algunas personas importantes, muy respetables, ya sean ulemas y clérigos u otra gente, que existe tal o cual problema en la sociedad. En unas ocasiones se trata de un problema grave, en otras quizá sea algo de mucha complejidad. Uno ve que se ofuscan, pero es un error ofuscarse. Hay que esforzarse y confiar en Dios. «¿Por qué no íbamos a confiar en Dios, si es Él quien nos ha guiado en nuestros caminos?» (Sagrado Corán, 14: 12). Tanto como nos ha ayudado y enseñado el Altísimo, tantos problemas como hemos dejado atrás y, ahora, estamos en pie, vivos, con muchas fuerzas.

Hoy en día, las fuerzas de las que disponemos para trabajar no son comparables con las que teníamos hace años; se lo digo yo. Ahora tenemos buenos jóvenes, una fuerza de trabajo excelente. Están ahí, al pie del cañón, trabajando. Nosotros hemos tenido algunas taras, hemos cometido algunos fallos. Debemos reparar esos fallos, arreglarlos, esforzarnos cuanto podamos, pero los aspectos positivos de lo hecho superan a los negativos. La prueba ―la más clara― es que estamos avanzando sin cesar. Si este motor no tuviera gasolina o si estuviera averiado, si tuviera un problema, no funcionaría, no iríamos hacia delante, y ya ven ustedes que estamos progresando. Estamos avanzando. Cada día crece más la grandeza del país, la fuerza y el crédito material y espiritual del país en el mundo. Pese a todos los factores de corrupción y de estropicio que tiene enfrente, ahí están todos esos jóvenes devotos, religiosos y revolucionarios, y esto son cosas tras las cuales no está sino el poder de Dios. Por eso, lo primero, confianza; lo segundo, esperanza ―esperanza surgida de esa misma confianza en Dios y de estar informado de las circunstancias, de las que luego hablaré―. En el ser humano surge la esperanza, y esa esperanza debe fortalecerse en uno mismo y transmitirse a los demás.

Aprovechar la fuerza y las capacidades de la juventud

Apoyarse en los jóvenes. Es un punto de muchísima importancia. Hay que sacar a los jóvenes a la palestra, que es algo de lo que ya he hablado en muchas ocasiones, diciendo además que con ello no se quiere decir que quien no sea joven deba retirarse; no, señor. Para cada persona hay un lugar, una tarea. Nuestro propio gran imam (Jomeiní) entró en acción y creó este inmenso movimiento histórico sin igual siendo un anciano de ochenta y tantos u ochenta años, de modo que no es así. Bien, para cada persona hay una tarea, un lugar. La fuerza de la juventud debe activarse al servicio del conjunto de este movimiento. Pasarla por alto supone un quebranto, no debemos descuidarla. A veces uno ve que se desatiende. En la alta administración y, en especial, en los funcionarios de nivel medio se puede emplear a gran número de jóvenes con mucho provecho. Yo mismo lo veo: hay algunas tareas importantes que, cuando uno hace una señal o da apenas una pequeña indicación a un grupo de jóvenes, en un periodo relativamente corto se ve el efecto que eso tiene y que su recomendación se ha llevado a la práctica, ha surtido efecto, se ha avanzado, ha funcionado. Esta es una cuestión.

Capacidades internas; atención a las capacidades internas. Durante la guerra, en la Sagrada Defensa, una de las cosas que había era esa: el uso de los jóvenes fue una característica importante del período de la Sagrada Defensa. El comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria era un joven de veinticinco o veintiséis años; los generales de división, jóvenes de veintidós, veintitrés o, como mucho, de treinta años. Así se avanzó. Y en el campo de batalla, jóvenes basiyíes, pasdaranes y militares del Ejército, en su mayoría jóvenes, que ayudaron mucho.

Suscitar determinación y voluntad en la nación

Y determinación y voluntad nacional. Sin determinación y voluntad nacional, las cosas no se hacen realidad. Muchas de las grandes obras fundamentales no pueden hacerse con una simple orden. Tienen que crearse determinación en la gente. Esa determinación, con decir las cosas, repetirlas, argumentar bien, estando entre la gente en el momento apropiado las personas dotadas de pensamiento, en las reuniones populares y diciendo… Bien, el enemigo en estos terrenos hace muchos esfuerzos para que la gente desespere, se desilusione, abandone, y para debilitar su determinación y su voluntad. Frente a esto, nosotros debemos ayudar a crear tal movimiento y a todos los que trabajan, a todas las personas fieles a la Revolución ―algo de lo que luego hablaré―. Una de las cosas que debemos hacer es fortalecer a la gente capaz de trabajar que está dentro de la sociedad y que forma parte de las fuerzas fieles y motivadas respecto a la Revolución, y hay que darles medios allá donde estén y sean como sean. No debe excluirse a personas motivadas tachándolas, qué sé yo, de extremistas, de radicales, de tal o de cual. Por otra parte, a esas personas les incumben deberes de los que luego hablaré.

La fe y la disposición a resistir, claves del éxito

En definitiva, el fundamento de todo lo que se hace y de las normas del país debe ser la resistencia. La resistencia, la firmeza, la resiliencia: «Por ello, predica a las gentes y mantente firme como te ha sido ordenado» (Sagrado Corán, 42:15). La predicación va acompañada de la firmeza, tanto quien predica como quien recibe la prédica deben ser firmes. Si no hay firmeza… hay muchos trabajos que necesitan veinte, treinta o a veces cincuenta años de firmeza nacional, hasta que se notan los efectos, las flores se abren y los ambientes pasan a ser los que uno desea. Por supuesto, hay también muchas obras importantes que no precisan un período de firmeza tan largo, pero en el enfrentamiento con las hostilidades, con las intimidaciones y con los complots tenemos que ser firmes.

Es resistiendo con firmeza como se puede tener éxito. Si se fijan ustedes en las luminosas páginas de la biografía bendita del Nobilísimo Profeta, está lleno de estas cuestiones. El Noble Corán nos habla en distintos lugares de resistencia, a veces con este mismo término, otras veces con otros. La aleya «Aquellos a quienes las gentes les dijeron: “En verdad, la gente se ha juntado contra vosotros, ¡temedles!”» (Sagrado Corán, 3:173) es de después de la batalla de Uhud.

El día en que acabó la batalla por la noche ―o la noche siguiente― esparcieron el rumor de que «la gente se había juntado contra ellos», que de hecho era cierto: los infieles se habían reunido a las afueras de Medina, pensando que (los musulmanes) estaban heridos y cansados, para atacar Medina. Algunos fueron y asustaron a la gente diciendo: «¡Que vienen! Nos van a desgraciar, estamos acabados», etc. El Profeta ordenó que aquellos mismos que ese día habían estado en la batalla se pusieran de nuevo en pie, aunque estuvieran heridos, se dirigieran hacia el grupo que estaba fuera y les dieran remedio. Eso hicieron. Por orden del Profeta, partieron, marcharon y fue entonces cuando descendió la aleya: «Aquellos a quienes las gentes les dijeron: “En verdad, la gente se ha juntado contra vosotros, ¡temedles!”. Pero eso incrementó su fe y dijeron: “¡Dios nos basta! ¡Él es el mejor protector!” / Y han regresado, por una Gracia y un Favor de Dios» (Sagrado Corán, 3:173-174). Fueron y volvieron con botín. Ese favor es un Favor de Dios. Los derrotaron, los obligaron a escapar, obtuvieron grandes cantidades de botín y volvieron. A continuación, dice: «En verdad, vosotros sois el Demonio. Él asusta (solamente) a quienes son amigos suyos» (Sagrado Corán, 3:175). Es el Demonio el que tienta y asusta.

Por ejemplo, en ese caso. Así es. «Y han regresado, por una Gracia y un Favor de Dios, sin sufrir mal. Buscaron la satisfacción de Dios y Dios es el Dueño del Favor inmenso» (Sagrado Corán, 3:174). Su fe se incrementó, y ese incremento de la fe es algo muy importante. En la Sagrada Defensa, también, nuestra fe se vio incrementada. Había muchas cosas que las decíamos ―las habíamos oído, lo sabíamos por habernos beneficiado de los textos de Derecho Islámico y del Corán―, pero no las habíamos visto. Esas cosas las vimos con nuestros propios ojos. Cuando uno ve algo con sus propios ojos, su fe se incrementa. Eso es lo que pasa, la fe del ser humano crece. También está lo que se dice de la batalla de Ahzab, la batalla de los Partidos: «Y cuando los creyentes vieron a los partidos dijeron: “Esto es lo que nos prometieron Dios y Su Mensajero, y Dios y Su Mensajero dijeron la verdad”. Y no hizo sino incrementarse su fe y su sometimiento a Dios» (Sagrado Corán, 33:22). Así es como, cuando uno ve que el enemigo, Satanás, Estados Unidos y la Europa pérfida se ponen en formación de combate, todos juntos, crece nuestra convicción de tener razón, porque esos son demonios. ¿Qué demonios más claros y evidentes que esos? Que esos se alcen frente a nosotros es en sí mismo una prueba inductiva que muestra que estamos del lado del bien, y por eso Satanás se sitúa contra nosotros con sus diabluras. Lo que yo digo que es importante que tengamos en mente es que debemos saber que nosotros podemos. Si resistimos frente a los enemigos, en todas las esferas podemos (tener éxito). Esa capacidad existe en el pueblo. Conocemos, gracias a Dios, las aptitudes de la gente y del país, y lo sabemos. Los problemas también los conocemos. Un servidor tiene la convicción de que todas las dificultades económicas que existen ahora y que, como es natural, han creado estrecheces en la vida de las capas desfavorecidas y débiles de la sociedad, pueden resolverse todas con pericia, con constancia, con motivación, con consultas adecuadas, con todo esto, en el país existe la capacidad de superar y neutralizar todos estos problemas y los que nos creen los enemigos.

Atención a la guerra psicológica

Quiero decir también que uno de los puntos importantes a los que debemos prestar atención y llamar la atención de la gente es que los ataques del enemigo tienen por blanco nuestro entendimiento y nuestra percepción. El enemigo hace grandes esfuerzos por trastornar nuestra percepción y nuestro discernimiento de la realidad. Y, cuando digo «nuestro discernimiento», ¿a quién me refiero? Tanto a las instancias decisorias y los dirigentes políticos como a la gente común y a la opinión pública. Lo que intentan es definir nuestros intereses nacionales en función de sus deseos. Hace apenas dos o tres días, el presidente de Estados Unidos se compadecía del pueblo de Irán diciendo que si vamos y hacemos caso a lo que dice Washington ―transmito el sentido de lo que decía, no sus palabras textuales―, es decir, si nos sometemos a ellos, nuestra situación se arreglará. Este es un ejemplo perfecto. Ciertamente, ese señor no sabe hablar bien, pero eso mismo es lo que insinúan sin cesar de distintas formas sus diversos medios de comunicación y sus especialistas en propaganda: que, si la nación iraní actúa de tal manera, solucionará ese problema que tiene. La gente en general no presta atención a lo que dicen, pero, al fin y al cabo, esa labor se está llevando a cabo.

Lo que intentan es trastornar nuestra percepción de la realidad, separarla de lo que existe de verdad y definir lo que conviene al pueblo iraní y sus intereses nacionales de tal modo que se adapten a lo que ellos quieren. Pretenden que creamos que no podemos y que somos débiles, eso es lo que quieren. Quieren que creamos que lo que nos interesa es rendirnos. En eso es en lo que insisten. Así, el blanco de sus ataques es el pensamiento de los responsables del país. (Les dan a entender) que nuestro interés y la salvación respecto a los problemas del país reside en abandonar los ideales revolucionarios. Últimamente han repetido esto varias veces varios de los dirigentes europeos, occidentales y demás: que Irán debería dejar a un lado los ideales revolucionarios y pasar a ser un país normal, como el resto del mundo. Esto se debe al miedo que tienen a los ideales revolucionarios y a la tercera vía que plantea la República Islámica, el sistema islámico y la Revolución islámica. A eso temen y sobre eso hacen su propaganda para que abandonemos lo lemas revolucionarios, mientras que el remedio a los problemas del país está precisamente en insistir en esos mismos principios y lemas revolucionarios y en la vía de la revolución.

Nosotros, gracias a Dios, hemos avanzado. En algunos casos, hemos dado auténticos saltos hacia delante, y es eso lo que disgusta al enemigo, pero, si Dios quiere, en un futuro no muy lejano experimentaremos saltos adelante en distintos terrenos. Con lo que se ha dicho sobre la producción y temas similares en las declaraciones de los responsables, lo que yo presumo y calculo es que podemos esperar, Dios mediante, buenas labores en este sentido. El bloqueo se debe a esto mismo; es para impedirnos hacer este movimiento y dar ese salto adelante.

Hostilidad de países europeos y necesidad de abandonar toda esperanza en ellos

En política exterior, hay un punto que hay que tratar a propósito de los europeos. Quede claro que, aparte del régimen sionista y de Estados Unidos, nosotros no hemos cerrado la vía a la cooperación, el diálogo, los acuerdos, el comercio, el intercambio de ideas y la organización de encuentros con ningún país del mundo. De hecho, estamos implicados en esas actividades de manera activa y esforzada; pero, como hemos dicho muchas veces, en modo alguno debe confiarse más que en nuestras propias fuerzas ―y menos aún en quienes hacen alarde su hostilidad a la República Islámica y al sistema islámico, a la cabeza de los cuales están el mismo EE. UU. y esos países europeos―. Ese puñado de países europeos son explícitos en su animadversión a la República Islámica, y sus motivaciones en ese sentido no son diferentes, en lo esencial, de las norteamericanas, aunque la situación de Estados Unidos sea, claro está, especial. Ellos no tienen ni tanta fuerza ni tanto dominio o medios, pero el modo de pensar de los europeos es el mismo. Intervienen como mediadores, negocian, se ponen en contacto, hablan mucho, hacen promesas… ¡vacías! Todo vacío.

Después de empezar los acuerdos nucleares, estuvieron yendo y viniendo dentro del país varios presidentes europeos y similares, y se reunieron conmigo. En aquel mismo momento les dije a varios de ellos ―de aquellos presidentes y los que venían a verme― que todo aquello, aquellas idas y venidas, no servían de nada; que, si eran sinceros en su voluntad de colaborar con la República Islámica, actuaran. Pero en la práctica no actuaron, ya lo vieron ustedes, e incluso acataron los embargos y sanciones secundarias injustamente impuestos por Estados Unidos, sin dar ningún paso a favor de la República Islámica. Después de eso, aunque siempre hay una posibilidad, aunque sea nimia, y no se pueden cerrar por completo las puertas a las posibilidades, yo no creo que vayan a hacer nada por la República Islámica. Debemos abandonar toda esperanza respecto a ellos. Relaciones, cooperación, encuentros, idas y venidas… con todo eso no hay problema. Si quieren firmar contratos y acuerdos, no hay problema; pero no puede confiarse en absoluto en ellos, que en todos los acuerdos a los que han llegado han incumplido lo pactado. Lo han dicho los responsables del país ―el Ministerio competente y demás―: no han respetado ninguno de los compromisos estipulados en el acuerdo nuclear. Lo dicen las mismas personas que fueron, negociaron y estamparon su firma. Este es el indicio más potente de que en modo alguno debe confiarse en ellos para ninguna cuestión ni debe prestárseles atención.

El curso de los acontecimientos favorece a Irán

A pesar de todo, el curso de los acontecimientos nos favorece a nosotros. Esto es lo que quiero decir: el curso de los acontecimientos progresa beneficia a la República Islámica. Hoy en día, somos más fuertes no ya que hace cuarenta o treinta años, sino que hace una década. Día tras día, gracias a Dios, ha ido creciendo nuestra proyección revolucionaria y política en el mundo y en la región. Las raíces de la República Islámica se han hecho más profundas y sólidas. Hemos progresado en distintos aspectos, y en distintos aspectos en los que existe un atraso hemos identificado por dónde avanzar. Si Dios quiere, podremos avanzar por esas vías y progresar, aunque las tareas que debemos desempeñar son duras. Tenemos muchos problemas culturales y muchos problemas económicos. El enemigo es extremadamente activo. Ya han escuchado ustedes los informes que les han presentado algunos honorables funcionarios: se está haciendo mucho para penetrar y hacerse con el control de la información. Están trabajando mucho, pero, si Dios quiere, si los responsables prestan mayor atención a las hostilidades del enemigo y a esa falta de confianza en la que insisto, haciendo de ello el fundamento y el criterio de su labor, se detendrá todo eso, Dios mediante. Con todo, en conjunto y a pesar de todo esto, estamos avanzando y nuestros enemigos están declinando.

Decadencia política, económica y cultural de Occidente

Observen por ejemplo a Estados Unidos. ¿Qué Gobierno es hoy en día tan odiado como el de EE. UU. en el mundo, no ya en nuestro país, sino en todo el mundo? No creo que haya ninguno. Si acaso, el régimen sionista puede que sea igual a su manera, pero, según la información que llega de todas partes, el Gobierno de EE. UU. es ahora Gobierno más odiado en el mundo ―ese mismo Gobierno de EE. UU. que es nuestro enemigo número uno y principal―. De modo que así son las cosas. Los propios europeos reconocen esta situación. Anteayer mismo, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, uno de los presidentes europeos dio un largo discurso de una hora y pico en el que, en resumen, dijo que la civilización occidental y los países occidentales estaban en declive. Tiene razón. Eso lo dice en la Asamblea de la ONU un presidente de un país conocido occidental con argumentos. Incluso lo argumentaba. Cuando nosotros simplemente lo decimos, él lo argumentaba: que están en decadencia, que si la civilización occidental está así, Oriente de tal manera, China de tal otra, Rusia de otra, India de otra y nosotros de otra.

De manera que quienes se sitúan frente a nosotros y son nuestros enemigos reconocen ellos mismos que se están debilitando. Aun así, eso no hace que dejen a un lado los modos arrogantes, ¡no crean! Lo dicen con esa misma actitud arrogante que han aprendido en estos últimos dos o tres siglos, que consiste en hablar con todos con aires de superioridad por el mundo. Pese a tantos horrores y tantos atrasos, no han perdido ese ánimo arrogante. Sin embargo, lo cierto es que están en declive desde distintos puntos de vista y lo dicen ellos mismos, incluido el punto de vista económico. Me han dado una estadística, según la cual, en esos países conocidos europeos como Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, etc., la deuda que tienen es en algunos casos equivalente a todo su producto interior bruto. En algunos casos llega a una vez y media el PIB y, en otros, algo menor. De manera general, sus deudas van del 60 % del PIB al 180 %. Esa es la estadística que me han dado, nada menos. Por lo tanto, sus problemas económicos son serios, y sus dificultades políticas las tenemos también delante de nuestros ojos: ahí está Inglaterra, ahí Francia y ahí están otros países europeos, en los que ya ven la situación que hay desde el punto de vista político. Tienen problemas serios de verdad.

Aprovechar la situación con virtud y temor de Dios hasta el triunfo final

Nosotros, pues, tenemos que aprovechar esa situación. Lo primero que, a mi juicio, es necesario que hagamos nosotros es confiar en lo prometido por Dios. Dios el Altísimo ha prometido que «Dios auxilia a quienes le auxilian» (Sagrado Corán, 22:40) y que «Si ayudáis a Dios, Él os auxiliará» (Sagrado Corán, 47:7). Nosotros queremos que la religión de Dios se realice. Queremos que la Sharía de Dios se aplique en la sociedad. No queremos otra cosa. Es por eso por lo que nos esforzamos. Pues eso es auxiliar a la religión de Dios. Dios ha prometido que nos auxiliará. Estemos seguros de esa promesa, al igual que Dios el Altísimo ha cumplido ya la promesa de «y, ¿quién es más veraz al hablar que Dios?» (Sagrado Corán, 4:122). Con tantos problemas como ha habido en el camino, nos ha llevado de ser un colectivo sin experiencia en la administración del país, como éramos al principio de la Revolución, cuando ninguno de nosotros teníamos esa experiencia, al punto que ven ustedes ahora. Es un honor y una fuente de orgullo para el Islam la presencia de la República Islámica en esta cima de dignidad que el Altísimo nos ha concedido, gracias a Dios. Esto es por la ayuda de Dios; es obra de Dios. Por lo tanto, confiemos en esa promesa divina, si bien debemos estar atentos a practicar el virtuoso temor de Dios (taqwa), en primer lugar y de modo más importante nosotros, los responsables políticos, desde la Asamblea de Expertos hasta el Parlamento, el Gobierno, el Poder Judicial y los demás organismos gubernativos del país. Esos son los componentes que deben tomar en serio la cuestión del temor de Dios. Nosotros debemos atenernos a «el triunfo final es de los temerosos de Dios» (Sagrado Corán, 7:128). Ese triunfo final dispuesto por el Altísimo para este mundo y el otro es de los temerosos de Dios. Hay que querer; hay que estar atentos al temor de Dios, a la sinceridad y al trabajo con máximo esfuerzo.

Lucha contra la corrupción e impulso de la producción

La lucha contra la corrupción debe llevarse a cabo con diligencia. Esa lucha anticorrupción consiste, antes que nada, eso sí, en la prevención; la curación viene después. Desde un momento previo deben eliminarse las bases de la corrupción y, luego, si surgen casos de corrupción, debe tratarse. Todos los Poderes del país deben actuar en este sentido; no es algo privativo de la Judicatura. El Ejecutivo, el Legislativo y los demás deben sentirse responsables de estos asuntos. Las operaciones en las que ha habido corrupción han sido las cesiones (al sector privado) de las que en estos días se habla de los problemas y las penalidades que han creado. A un lado hay una serie de jóvenes motivados que están creando actividad y realmente están activando e impulsando la producción ―uno lo ve―, y al otro unos estropicios que dañan a ciertos sectores productivos.

Esto se debe a la corrupción, los casos de corrupción que ha habido, ya hayan sido fallos de previsión o haya habido tintes de corrupción, el resultado de lo que se ha hecho son esas cosas. Hay que prestar atención a esas cosas para que no se produzcan situaciones como las que ha habido en partes del país como Arak, Juzestán y otros lugares, y ayudar de verdad a la producción interna. Una de las tareas fundamentales que deben realizarse y reclamarse a los responsables del país es que deben ayudar en el sentido auténtico de la palabra a la producción. Este año, cuando planteé el debate sobre el impulso a la producción a principios de año, todos los encargados de las cuestiones importantes del país a los que vi dijeron que la clave fundamental era esa que había dicho un servidor. Si impulsamos cuanto podamos la producción, se resolverán muchos de los problemas económicos del país. Eso es lo fundamental. La cuestión del derrumbe del valor de la divisa nacional, el poder adquisitivo de la gente y otras cuestiones diversas, como la inflación, etc., dependen todas de eso. Hay que trabajar de verdad en ese ámbito, abordar la cuestión de las importaciones sin ton ni son, y ayudar a los jóvenes. Entonces es cuando, como dije al principio, hay que fortalecer a las fuerzas fieles a la Revolución.

Igualdad de derechos de todos los iraníes y ayuda a las fuerzas fieles a la Revolución

Vamos a ver, aquí hay dos cuestiones: una es que debe mantenerse una perspectiva equitativa en materia de derecho general respecto a toda la población del país, sin que afecte ni la tendencia religiosa ni el grupo ni nada de eso. No debemos permitir que en el país haya inseguridad, ni para los musulmanes ni para los no musulmanes, ni para quienes son fieles al sistema islámico ni para quienes no lo son. La seguridad debe ser para todos; la libertad debe ser para todos. Debe tratarse con justicia a todo el mundo. La preservación de los derechos generales es para todo el mundo. Esto es una cuestión que debe mantenerse como tal.

La segunda cuestión es que tenemos gente de la que sabemos que son fieles a la Revolución, al sistema y a la independencia del país. Creen en la independencia del país. Estos constituyen un inmenso grupo de la población a los que hay que consolidar en todas partes. Si en algún caso son blanco de ataques hay que defenderlos. Si se ataca su honor, hay que defenderlos. Tenemos que asegurar que puedan estar en los centros sensibles. Hay que protegerlos. Esas personas fieles son las mismas que cuando ocurrió lo de Ashura lanzaron el Movimiento del 9 de Dey. ¿Acaso aquel inmenso movimiento es cosa de broma? Los sucesos de diciembre de 2017, cuando los enemigos empezaron a hacer ciertas cosas por aquí y por allá, fueron esas fuerzas devotas y revolucionarias las que entraron en acción y lanzaron ese inmenso movimiento, e hicieron fracasar al enemigo. En adelante será también igual. Un servidor les ha dicho lo mismo a los honorables presidentes de los distintos períodos, cuando venían al principio: que, si querían que las cosas salieran adelante, cuiden y tengan en cuenta a las fuerzas fieles a la Revolución. Estén con ellos, acompáñenlos y defiéndanlos. Son ellos los que salen en defensa del sistema en el momento de remangarse, del peligro y de la debilidad.

La unidad del pueblo es también muy importante: unidad del pueblo entre sí y, en particular, unidad de las fuerzas revolucionarias. Puede que haya diferencias de estilo entre fulano y mengano, pero esas diferencias de estilo no deben convertirse en oposición, conflicto y cosas de ese cariz. Esta es una de nuestras tareas importantes y, en realidad, una de las tareas más importantes de todos nosotros: impedir que se haga cundir la desesperanza entre la gente. A veces hay alguien que habla de tal manera, ya sea en un discurso, en una charla de algún tipo o, ahora, en el espacio virtual ―que se ha convertido en algo extraordinario sin frontera alguna―, que el interlocutor pierde la esperanza. Nosotros no debemos permitir que la desesperanza entre en escena. Si no hay esperanza, ninguna de esas grandes obras se realizará. A la gente hay que darle esperanza, y esa esperanza no es falsa. Esa es la realidad. De verdad hay que tener esperanza, porque el futuro es un futuro positivo y luminoso. Espero que Dios haga que todo les salga bien y, si Dios quiere, cumplamos todas las importantes tareas de las que somos responsables.

Sea con ustedes la paz, la misericordia de Dios y Sus bendiciones