Aquel día en que, tras el derrumbe del bloque comunista, el presidente norteamericano de entonces anunció el «nuevo orden mundial», hizo patente el viejo objetivo arrogante de EE. UU. Mostró lo que tenía en mente él y el aparato de dirección política estadounidense. Claro que no se trata de algo específico de aquel día.

Décadas antes habían ya decidido y anunciado que no permitirían a ninguna potencia entrar en América Latina, que pasó a considerarse zona exclusiva del Gobierno de los Estados Unidos. Luego eso se fue extendiendo a todo el mundo, pero sin que lo mencionaran ni hicieran alusión a ello como objetivo declarado. Más adelante, cuando sintieron que no tenían enfrente ningún gran rival como la Unión Soviética, proclamaron de manera más o menos explícita esa meta: un mundo unipolar; un nuevo orden mundial con una única potencia que dominara el mundo entero. Los planes llevados a cabo por EE. UU. durante estas décadas ponen todos de manifiesto ese objetivo.

El objetivo es ampliar la dominación militar y, en consecuencia, la dominación política y económica; todo ello, en beneficio de las compañías que determinan en realidad la política del Gobierno estadounidense. Son ellas las que marcan las orientaciones. Estas son realidades que, de conocerlas el ser humano actual, tomará su decisión en el momento oportuno.

Si las personas entienden qué sucede en el mundo en el que viven, tendrán capacidad de decidir y adoptar una posición. Todas las naciones podrán llevar a cabo grandes obras. Me han dado estadísticas, según las cuales, del año 1945 hasta la actualidad (2002), el Gobierno norteamericano ha actuado para el derrocamiento de cuarenta Gobiernos independientes que no obedecían a EE. UU., ¡y en veintitantos casos han llevado a cabo una intervención militar! Esas injerencias han ido todas acompañadas, sin excepción, de matanzas indiscriminadas y grandes calamidades.

Como es lógico, en unos casos han tenido éxito y en otros no, han fracasado. Los que tengo ahora en mente y que no se nos van de la memoria son ejemplos elocuentes: entre ellos, los bombardeos atómicos de Japón al final de la II Guerra Mundial, a los que ha hecho alusión el excelentísimo Sr. presidente de la República; el ejemplo de Vietnam, aquella guerra sangrienta con aquellas desgracias inolvidables, que finalmente acabó en fracaso para EE. UU.; el ejemplo de Chile; o el del propio Irán, con el golpe de Estado de agosto de 1953, para el que vino a Teherán un agente norteamericano que se dedicó a planear y ejecutar, como han hecho público ellos mismos más tarde. Los documentos se publicaron y están al alcance de todos. Igualmente, en muchos otros sitios.

El causante de todo eso son las grandes compañías económicas, los grandes mandamases financieros estadounidenses, los partidos ambiciosos de poder, los muy influyentes grupos sionistas y personalidades taradas desde el punto de vista mental y moral, que son quienes están en la cima del poder. El expediente es muy grave y el historial extremadamente vergonzoso. No son cosas de poca importancia. Para esa gente, destruir a las personas no es importante, como no lo es destruir la riqueza, destruir la justicia ni las catástrofes humanas. Esas cuestiones no se consideran obstáculos, aunque, para mantener las apariencias, disponen de inmensos medios propagandísticos y mediáticos. Se ha descrito eso como «alzar la voz», y es una expresión acertada. Intentan modelar el ambiente mundial alzando la voz para ocultar las catástrofes que provocan, mostrando su rostro como el de partidarios de la paz, del poder popular, de la democracia y de los derechos humanos.

19/03/2002