En las últimas semanas, diversos funcionarios estadounidenses han recurrido a múltiples métodos para emitir una serie de amenazas contra Irán. En respuesta a estas amenazas, además de las reacciones firmes de las autoridades de la República Islámica, se ha generado una amplia ola de apoyo regional a Irán en el oeste de Asia.
Figuras y grupos como el Sheij Naim Qassem, secretario general adjunto de Hezbolá en el Líbano, el ayatolá Sheij Isa Qassim, destacado clérigo de Bahréin, y las Kata’ib Hezbolá en Irak, entre otros, han expresado con un lenguaje firme y categórico su respaldo a la República Islámica de Irán y al Líder Supremo frente a cualquier amenaza. Esta ola de apoyo indica el fortalecimiento de un vínculo estratégico profundo entre Irán y su entorno circundante.
En esta constelación, Irán no es simplemente un soporte político o financiero; más bien, se ha convertido en el pilar central de un orden de seguridad informal, en el cual cualquier amenaza contra Irán se percibe automáticamente como una amenaza contra toda esta estructura. Este orden, que se ha desarrollado a lo largo de varias décadas en respuesta a las intervenciones militares de Estados Unidos y a las políticas desestabilizadoras del régimen sionista, ha alcanzado ahora un nivel de madurez y autoconciencia. En este contexto, cualquier amenaza contra Irán se considera claramente una amenaza a este orden, lo que incrementa significativamente el alcance y el costo de cualquier acto agresivo.
Las declaraciones de apoyo a Irán deben interpretarse como componentes de una lógica de “disuasión colectiva”. A diferencia de los modelos clásicos de disuasión, que dependen de la concentración del poder en un solo punto, esta forma de disuasión se basa en una red de actores, geografías y capacidades diversas. Esta red crea una especie de profundidad estratégica dispersa, lo que complica de manera considerable los cálculos militares y políticos de Estados Unidos, ya que cualquier acción contra Irán ya no puede limitarse a un solo frente o a una respuesta predecible.
Junto a esta dimensión dura, las posturas de figuras religiosas y sociales de la región destacan la capa blanda e identitaria de esta disuasión. Cuando una amenaza contra Irán se plantea como una amenaza a una autoridad religiosa y a un símbolo de independencia política, el asunto trasciende el conflicto entre Estados y se convierte en un desafío identitario. En esta situación, los costos políticos, sociales e incluso éticos de cualquier acción militar aumentan considerablemente, ya que las reacciones no se limitarán a gobiernos o grupos armados, sino que abarcarán sectores sociales mucho más amplios.
Un punto clave es que esta convergencia, contrariamente a la percepción común en Washington, no es el resultado de una “orden” o “imposición”; más bien, surge de la solidaridad y la experiencia histórica compartida, experiencias que han atravesado guerras, sanciones, presiones económicas y proyectos de cambio de régimen. Estas experiencias han llevado a la conclusión compartida de que debilitar a Irán equivaldría a abrir las puertas a una inestabilidad generalizada en toda la región. Por ello, incluso los gestos simbólicos de apoyo a Irán transmiten mensajes estratégicos de gran peso.
En conjunto, las respuestas regionales a las amenazas de Trump demuestran que, hoy, Irán no solo es reconocido como un actor nacional, sino también como el eje de un equilibrio regional cuya cohesión se vuelve cada vez más evidente a medida que las amenazas se hacen más explícitas. Esta realidad constituye la variable más importante que determinará el futuro de cualquier confrontación o interacción con Irán.