Cuando salió de la cárcel, el señor Nelson Mandela vino y se sentó en esta misma sala, antes de ser presidente de la República. Nos sentamos y le expliqué la historia y la lucha del imam Jomeiní (q. e. p. d.). Le conté que la lucha del imam había sido de tal y tal manera, que no se sirvió de balas ni pistolas ni golpes de Estado ni cosas similares, sino que se dirigió a la gente, persuadió sus corazones y la gente salió a la calle sin nada más que sus propios cuerpos, a plantar cara y triunfar. Me di cuenta de que a Mandela aquello lo impresionó. Cuando se fue de aquí, en Sudáfrica comenzaron las manifestaciones, que continuaron hasta hacer caer el régimen del apartheid. Y este otro régimen también caerá. Este régimen, que es realmente un régimen racista, de apartheid, usurpador, mentiroso, pérfido y sionista, también caerá. 24/09/2018

Nelson Mandela, antes de hacerse con el triunfo en Sudáfrica, cuando acababa de salir de la cárcel, vino a Irán y se reunió conmigo. Le pregunté sobre la situación de Sudáfrica y dijo algunas cosas. Luego le dije yo que teníamos cierta experiencia de la que pensaba que se podía llevar a la práctica también en su país, y que esa experiencia consistía en que de manera voluntaria salieron a la calle personas ―personas que constituían la mayoría de la población del país―, hombres y mujeres, sin nada más que sus propios cuerpos, sin los puños, sin armas, sin granadas y sin pisos francos. Salieron sin nada más que con sus propios cuerpos. Además, no se taparon la cara; salieron con el rostro al descubierto. De esa manera, sumieron en la pasividad al régimen, que vio que no podía hacer frente, porque, realmente, ¿a qué gente quería gobernar? Le dije que, en mi opinión, ese modelo se podía llevar a la práctica en Sudáfrica. Él asintió con la cabeza y, después de que se fuera, no pasaron uno o dos meses antes de que leyéramos en los periódicos las noticias de las grandiosas manifestaciones populares de Sudáfrica. Ahí entendí que la semilla había germinado, en una situación exactamente igual que la de Irán.  Todas las calles de las grandes ciudades sudafricanas se llenaron de negros, y salió también cierto número de blancos que los acompañaron en las marchas, diciendo que ellos también se oponían a que rigiera la discriminación racial. El resultado fue el que fue: el que estaba en la cúspide vio que no podía hacer nada de nada. Primero, se fue y puso a otro en su lugar. Ese otro vio también que no podía, y así, en un traspaso tranquilo del poder, pusieron el Gobierno en manos de los negros, y el propio Mandela se convirtió en presidente de la República. Aquel acontecimiento imitable, aquel modelo para naciones en busca de libertad había sido realizado por los jóvenes iraníes en la década de los 1970 y 1980. 02/05/2001

Nelson Mandela estuvo aquí antes de que cayera el régimen del apartheid en Sudáfrica. Acababa de salir de la cárcel. Yo tenía noticia de lo que sucedía en la revolución de aquel país. En mi época como presidente de la República, había viajado al sur de África, y allí había sabido que sus amigos y personas cercanas lo informaban en la cárcel de los sucesos de la Revolución de Irán, y él quedaba impresionado. Desde dentro de la cárcel, declaraba su devoción por el imam Jomeiní (q. e. p. d.). Claro está que aquella declaración de devoción y de estar impresionado no se limitaba a él. Yo lo pongo de ejemplo por el asunto que quiero tratar, pero, en realidad, en el mundo había personalidades mucho más destacadas que él que quedaban igualmente impresionadas. Había oído hablar de la Revolución islámica, y vino. En Sudáfrica había un bloqueo que hacía que toda aquella lucha ―llevaban treinta o cuarenta años luchando― no llegara a ninguna parte. Aquí se reunió conmigo, y yo le dije que la experiencia del imam Jomeiní (q. e. p. d.) y de la Revolución de Irán era la experiencia de la presencia de los corazones y los cuerpos, sin usar armas y con el respaldo de la convicción y el sentimiento. Yo estoy convencido de que, cuando las calles de las ciudades se llenan de esa manifestación de gente devota ―se trata de algo que no puede hacer cualquiera, hace falta algún tipo de fe―, frente a esa grandiosidad, todos los sistemas políticos se derrumban. Él lo entendió allí mismo. Después de poco tiempo, oímos de los grandiosos movimientos callejeros de allí, que terminaron en el cambio de aquel régimen realmente prepotente y sanguinario, de tal manera que algunas personalidades de los blancos se vieron obligadas a colaborar con los otros. Por lo tanto, un régimen de varias décadas de vida, racista, inicuo y opresor, fue eliminado con aquel movimiento, que se había inspirado de la Revolución islámica. Hoy en día, ese método sigue siendo eficaz y aceptado en el mundo. 31/08/2000