En el nombre de Dios, Clemente y Misericordioso (1).

Alabado sea Dios, Señor de los mundos, y vayan la paz y las bendiciones para nuestro maestro Muhammad y su familia pura, en especial para el Imam del Tiempo.

Damos las gracias a Dios, que ha deparado a la nación iraní la suerte de haber podido constituir la Asamblea de Consulta Islámica en el plazo establecido y enviar sus representantes electos a ese importante e influyente foro; y damos las gracias a Dios por haber deparado a este servidor la suerte, dadas las actuales circunstancias del país, la epidemia y las limitaciones existentes, de poder mantener esta entrevista y realizar algunas consideraciones. Expreso mi agradecimiento al excelentísimo doctor Qalibaf, que ha expuesto de manera excelente temas importantes. Pido a Dios que les dé a todos ustedes ―al presidente, a la Junta Rectora de la Cámara y a todos y cada uno de los honorables diputados― la suerte de poder, Dios mediante, ocuparse por las vías legales apropiadas de esos importantes temas y obtener resultado.

En primer lugar, les quisiera decir algo sobre esta misma Asamblea; luego les diré unas palabras sobre la situación general del país y, después, tengo algunas recomendaciones que repasar y plantear a sus señorías. Por último, si queda tiempo, diré de nuevo algunas cosas sobre esta epidemia del COVID-19 que hay en el país.

En el primer tema, el relacionado con esta Cámara, un aspecto importante es que esta Asamblea ―la de la undécima legislatura― es para la gente un lugar de esperanzas y expectativas. Es el foco y lugar de manifestación de la esperanza de la gente. ¿Y por qué? Pues porque, en una situación económica difícil, la gente acudió a las urnas y les dio su voto a ustedes, señorías. En una situación económica difícil. Además, están las oleadas de propaganda de diversos tipos que llega de los enemigos exteriores, y por otra parte hay un reducido número de personas en el interior que decían ciertas cosas y hacían cierta propaganda que desalentaba y resultaba desesperanzadora. El resultado natural hubiera sido que la gente no acudiera al terreno electoral, pero, pese a todas estas circunstancias, la gente acudió a las urnas en un porcentaje aceptable ―que en el mundo sigue estando entre los porcentajes buenos― y eligió a sus representantes dándoles su voto a ustedes. ¿Por qué? Porque tenían esperanza. A pesar de todos esos factores que se habían juntado, tendentes a que la gente perdiera la esperanza en urnas, asambleas y elecciones, la gente salió y votó esperanzada para constituir la Asamblea de Consulta Islámica y elegirlos a ustedes. Por lo tanto, es en esta Asamblea donde se manifiestan la esperanza y las expectativas de la gente de la gente. Este es un punto importantísimo.

Afortunadamente, la Asamblea constituida es además una de las más fuertes y revolucionarias del periodo de la Revolución. Gracias a Dios, está repleta de personas llenas de fe y motivación, personas capaces, personas jóvenes. Entre ustedes hay tanto jóvenes formados y revolucionarios en gran número ―jóvenes competentes, no alejados de las cuestiones de la administración; entre sus grupos hay jóvenes que están llenos de motivación a la vez que son capaces y competentes― como directores revolucionarios de los periodos anteriores. Algunos de estos que han realizado labores en el Ejecutivo, lo conocen y conocen por completo el terreno práctico, forman un grupo cuya existencia entre ustedes es muy valiosa. Y, por último, están quienes cuentan ya con antecedentes en el Poder Legislativo: un grupo de personas que han estado antes en la Asamblea y saben cómo se trabaja en ella. La unión de esos tres grupos ―los jóvenes, los gestores y los predecesores con antecedentes― da lugar en esta Asamblea, gracias a Dios, a un conjunto excelente, eficiente y útil. Por lo tanto, se trata de una muy buena Asamblea, en la que afortunadamente hay además sensibilidad respecto a las cuestiones de la Revolución. En apenas este mes y pico que ha transcurrido, uno siente que son sensibles a las cuestiones de la Revolución, y también han dado ustedes muestras de rapidez de actuación, tanto al formar la Junta Rectora como al formar las comisiones especializadas y designar a sus presidentes. Gracias a Dios, lo sacaron adelante rápido, todo lo cual es digno de alabanza.

¡Pues bien! Tienen ustedes ante sí cuatro años. No es poco tiempo. Es mucho. Ciertamente, ustedes no son el Ejecutivo, pero sí son quienes colocan los raíles para el Ejecutivo. Pueden ejercer una gran influencia en los asuntos del país, en su progreso y en su futuro, nada menos que durante cuatro años. Cuatro años no es poco tiempo. Sobre los hombros de sus señorías, a quien se dirige hoy este humilde servidor, recae el peso de graves responsabilidades, sobre las cuales en el próximo apartado diré algunas cosas que tengo en mente a modo de recomendaciones. Esto era lo que quería decirles en relación con esta Asamblea.

En cuanto a la situación general del país, pues bien, en el país hay ciertos problemas que a ustedes no les pasan desapercibidos: problemas económicos. Luego, la cuestión cultural es una cuestión diferente que requeriría una vasta discusión por separado. Yo hoy insistiré más en las cuestiones económicas. Tenemos numerosos problemas de tipo económico, pero las bases del país son robustas. Eso es muy importante. Es cierto que hay una enfermedad, pero la constitución del enfermo es robusta, su poder defensivo es abundante y la capacidad de imponerse a la enfermedad existe en él. Si comparan ustedes el país al cuerpo de un ser humano, esos problemas serían como una enfermedad, tal como he señalado. Ahora bien, la peligrosidad de la enfermedad no es la misma para todos. Pues bien: el coronavirus está en el país, pero su peligrosidad no es la misma para todos. Si uno es viejo, débil y no tiene la capacidad de fortalecer su cuerpo o padece patologías preexistentes, la enfermedad es peligrosa y supone un riesgo para él. Cuando el médico se ve ante tal paciente, no alberga grandes esperanzas. Sin embargo, si el paciente es joven, goza de un cuerpo vigoroso y carece de enfermedades preexistentes ―a lo mejor es deportista o simplemente robusto―, tendrá la enfermedad, pero el riesgo que corre no es mucho, y cuando el médico tiene ante sí a un paciente semejante lo trata con más esperanza. Sí, el país padece ciertas enfermedades, pero estas tienen frente a sí ciertas capacidades a las que ahora haré alusión.

Los problemas económicos de los que he hablado como de una enfermedad son, en lo fundamental, la inflación, la depreciación de la divisa nacional, la carestía sin ton ni son, los problemas de las empresas productivas, la existencia de embargos exteriores ―cuyo papel no debe pasarse por alto―… El resultado es la dificultad de los estratos sociales inferiores y medios para sustentarse. Esas enfermedades están ahí, pero la constitución del país es robusta. ¿Y por qué digo que lo es? Pues por las grandes aptitudes que existen en el país, a algunas de las cuales ha hecho referencia el Sr. Qalibaf. Algunas son recursos naturales, mientras que otras son aptitudes humanas. De ahí que vean ustedes, gracias a esas posibilidades y capacidades, que en el periodo más duro de los embargos y las presiones de todo tipo que se ejercen en el ámbito económico contra el país, este ha podido fundar varios miles de empresas basadas en el conocimiento y desarrollar cientos de proyectos de infraestructuras. En este mismo periodo de embargos y pese a la reducción de la renta petrolera, se ha podido realizar una tarea tan grande como la creación de la refinería Estrella del Golfo Pérsico, en Bandar Abbás. Y junto a esa obra de tal magnitud, se han realizado muchas otras en los campos de la energía, el agua y la electricidad. Se están haciendo muchísimas inauguraciones, como ustedes mismos ven. Todo eso es real, existe y se está trabajando. En el campo de la industria militar se están haciendo cosas asombrosas. En el ámbito espacial, igual. Nuestros enemigos, nuestros oponentes, esas mismas personas que han impuesto los embargos esperando que con ellos pondrían a Irán de rodillas están reconociendo y confesando que no han sido capaces, y el país sigue manteniéndose sobre su propio pie. Lo que esto muestra es que las bases del país son muy sólidas.

Esas cosas que he mencionado son apenas una parte de las capacidades del país. Están, por ejemplo, los recursos materiales, tales como minas, bosques, posición geográfica y diversidad climática, sin dejar de lado la historia, la identidad nacional y cuestiones similares. Todo eso son bienes de importancia fundamental, algunos de los cuales existe en nuestro país de manera exclusiva. Es decir, que ningún país dispone de ellos, salvo nosotros, a Dios gracias. Y esos son bienes materiales, pero junto a ellos existen otros inmateriales. En lo que yo insisto es en que prestemos atención a esos bienes inmateriales, recurramos a ellos y los hagamos efectivos ―aquellos que necesitan serlo―. Esos bienes inmateriales de nuestro país tienen sus raíces en su mayoría ―por no decir todos― en la fe religiosa y la fe revolucionaria. La fe religiosa y revolucionaria de la gente es mucha y crea en el país un potencial, unas capacidades que pueden aprovecharse. Se han visto casos a lo largo de la Revolución, desde el principio, luego en el período de la Guerra Impuesta y hasta hoy. El ejemplo más reciente de esos importantes recursos nacionales, basados en la fe revolucionaria y religiosa, es la reacción a tiempo y con generosidad de la nación ante el primer brote del COVID-19. ¿Acaso fue poca cosa? En primera fila combatieron los equipos médicos. Tras ellos, entró en acción una multitud inmensa de gente, de jóvenes, en distintos lugares y de maneras diversas para servir y trabajar. Lo que hicieron en ese momento fue eficaz a la hora de reducir los sufrimientos del pueblo iraní frente a esa peligrosa enfermedad, como en el movimiento de ayuda de inspiración religiosa. Se pidió a la gente que se pusiera a ayudar a toda la parte más débil de la sociedad. Por otra parte, aunque nosotros no lo hubiéramos dicho, la gente lo habría hecho por sí misma, y de hecho antes de que lo dijéramos se habían puesto manos a la obra. Luego ya vieron ustedes en todo el país, de manera generalizada, qué grandes obras se hicieron y qué valiosos servicios se prestaron a las familias más débiles ―movimiento general de la gente que tuvo lugar en vísperas del venturoso mes de ramadán―. Esas son las capacidades inmateriales del país. Son cosas importantes. Otro ejemplo de esas capacidades inmateriales, muy poco antes de estos acontecimientos, fue la portentoso movilización de la gente para despedir al mártir Soleimaní. Ya vieron ustedes lo que hizo el pueblo iraní; qué hizo en Teherán y qué hizo en distintas provincias; cómo respondió la gente a ese importante acontecimiento ―el martirio de un general sobresaliente―. Sería un error imaginar que esa movilización se debió a meras emociones y sentimientos. Sí, claro que las emociones tuvieron su papel, pero ese movimiento fue mucho más allá de una reacción emocional. Aquello mostró la fe de la gente en el Yihad. La gente mostró su convicción en el Yihad en el campo de resistencia, en el combate y en la resistencia frente a la Arrogancia. La gente mostró que profesa respeto a alguien que puso de manifiesto la potencia nacional y la potencia de Yihad de Irán. En el mártir Soleimaní se puso de manifiesto esa potencia. Por toda la región, exhibió el poder nacional de Irán a los enemigos del país y de la Revolución. En él se manifestaba ese espíritu de poder nacional, y la gente lo respetaba. Esta cuestión es de gran importancia. Una capacidad tal es muy valiosa. Mostró cuánta importancia atribuye la gente a su héroe nacional. Fue un puñetazo en la boca de quienes desvariaban sobre ese rostro resplandeciente, diciendo cosas que les son aplicables a ellos mismos, como los dirigentes de Estados Unidos y similares por todo el mundo. Hay muchos otros ejemplos de esa aptitud espiritual, de la disposición espiritual y de la preparación de la nación iraní, todos los cuales tienen su raíz en la fe islámica y en la fe revolucionaria. Eso no se puede negar. Si alguien lo hace, es como si negara la luz del Sol en mitad del día. Fíjense ustedes como, a lo largo de estos años, allá donde el sistema político se ha encontrado en apuros, la gente ha entrado en acción. Allá donde algunas personas, provocadas por los enemigos ―ya fuera en el año 1999, en 2009 o en años posteriores―, hicieron algo nocivo para el sistema político, fue la gente la que fue capaz de salir al centro del escenario y hacer que el enemigo perdiera esperanza. ¿Hay mayor aptitud que esa? ¿Hay mejor constitución que esa? Esa es la sólida constitución de la nación iraní. Por eso, cuando uno ve esas realidades, entiende lo sólidas que son las bases del país frente a los acontecimientos diversos.

Nuestros problemas se deben realmente, por otra parte, a una falta de atención por nuestra parte: «La corrupción se ha manifestado en la tierra y el mar por lo que los seres humanos han hecho» (Sagrado Corán, 30:41). En algunos momentos, nosotros mismos no hemos estado atentos ―o lo hemos estado poco―. Por poner un ejemplo, no dimos importancia a la producción ni a la inversión y, de repente, nos encontramos con la quiebra de fábricas, por ejemplo, o bien con problemas de producción en el país. Bien, cuando uno no trabaja, ese es el resultado que se ve. Eso es lo que pasa en los casos en que nosotros mismos, los responsables, no hemos estado atentos o lo hemos estado poco ―a lo largo de los años, claro está―. Si siguen avanzando así la mentalidad y el espíritu de la autosuficiencia, esa confianza de la nación en sí misma ―que afortunadamente hoy en día se ha generalizado, creciendo, en especial, entre la juventud formada determinada y dotada de voluntad― y esa confianza en las fuerzas internas en la economía, y dejan de existir o se debilitan esas esperanzas vanas en el extranjero que uno ve a veces, que condicionan la economía del país a la decisión de extranjeros, y se incrementa la confianza nacional, a juicio de un servidor, todos los problemas que existen hoy en la economía se pueden solventar y dejar a un lado. Hay que aprovechar esas sólidas bases del país. Si ahora esas mismas cuestiones que se han planteado en las declaraciones del Dr. Qalibaf y otras similares son atendidas, Dios mediante, con vehemencia y seriedad, dentro de las posibilidades y responsabilidades de la Asamblea y mediante los cauces legales de esta, si Dios quiere, los problemas se resolverán. Un servidor está seguro de que todos estos problemas se pueden solucionar.

En cuanto a sus responsabilidades ―que son en realidad el asunto principal―, queridos diputados, si bien yo no quiero hablar aquí demasiado, déjenme abordar varias cuestiones a modo de recomendación. La primera, queridos hermanos y hermanas, es que purifiquen ustedes su intención de trabajar para la gente. En los Parlamentos del mundo se habla mucho en nombre de la gente, pero no se trabaja para ella. Un Parlamento decadente es aquel en el que priman las cuestiones personales y de facción sobre los asuntos nacionales y del pueblo. Esa es la primera cuestión, el primer consejo. Decidan por Dios, con una intención realmente pura, trabajar por la gente. No queden prisioneros del clima reinante y cosas similares. Hay ocasiones en que se genera un clima que lo lleva a uno en cierta dirección. Pues no. Observen ustedes y vean qué es lo que debe hacerse, qué es lo útil para la gente. Si es contrario al clima imperante, no pasa nada. Adelante. No queden presos de la atmósfera ni se dejen llevar por la corriente.

Otro asunto tiene que ver con el juramento de ustedes. Ese juramento que realizaron juntos en el inicio de la legislatura es un juramento de valor religioso y no, en modo alguno, una mera ceremonia formal. Es decir, que ese juramento crea un compromiso. Con él, se comprometieron ustedes a salvaguardar la posición del Islam y preservar los logros de la Revolución. Eso está en el texto de su juramento. Deben ser diligentes en su fidelidad a esas ideas, es decir, la de ser custodios de los logros de la Revolución y diligentemente fieles a su compromiso de salvaguardar la posición del Islam. Infringir ese juramento trae consigo una amonestación conforme a la ley religiosa, una amonestación divina. Al fin y al cabo, en el Día de la Resurrección Dios el Altísimo interrogará al ser humano. Esto no es una promesa ordinaria ―cuya infracción, por otra parte, también requiere expiación e implica la interrogación por parte de Dios el Altísimo―. Esto es muy distinto de una promesa que hagamos, por ejemplo, a propósito de alguna acción personal. Esta es una cuestión pública, es cuestión del pueblo. Hay que responder, y este juramento es un juramento importante.

Mi siguiente consejo es que presten atención a las cuestiones clave. Den prioridad a los asuntos clave. En ocasiones es necesario que uno se ocupe de cuestiones accesorias de importancia secundaria, pero no traten esos asuntos secundarios de manera tal que se impida el avance diligente y centrado en las cuestiones clave. Por ejemplo, si queremos señalar las cuestiones clave en el ámbito de la economía, una que lo es verdaderamente es la cuestión de la producción. Este año, que designamos como Año del Salto en la Producción, está ahora en su cuarto mes (2), y tiene que verse que en este año se ha producido ese salto. También forma parte de las cuestiones clave la del empleo, que, por supuesto, está relacionada con la de la producción. Igualmente, es verdaderamente clave la cuestión del control de la inflación; identifiquen la cadena de causas y efectos entre inflación y carestía, y ocúpense de las causas. También es clave la cuestión de la gestión del sistema monetario y financiero. También lo es la independencia de la economía nacional respecto del petróleo. Todas esas son cuestiones importantes en el campo de la economía.

Luego, en el ámbito de las cuestiones sociales y demás, un asunto clave de gran seriedad es el de la vivienda. En la cesta de la compra y los gastos de una familia, a la vivienda le corresponde una parte fundamental, y la cuestión de la vivienda es importantísima. También lo es la del matrimonio de los jóvenes, que es una de las cuestiones que de ningún modo deben pasarse por alto, sino que hay que prever maneras de facilitar y posibilitar el matrimonio a los jóvenes. Algunas de esas vías, además, no comportan gasto material alguno. Apenas requieren que se tome una decisión y se les preste atención. Son importantísimas también las cuestiones de la natalidad y la renovación de las generaciones. Ese es un tema en el que un servidor ha insistido enfáticamente muchas veces en estos últimos años (3), pero, por desgracia, cuando uno observa los resultados, queda claro que ese énfasis no ha tenido demasiado efecto. Este asunto requiere legislación y una atención diligente de los organismos de la Administración. La cuestión de la natalidad debe considerarse de gran importancia, y el envejecimiento de la población es algo que hay que temer. Dejando ahora a un lado a los extranjeros ―al fin y al cabo, el enemigo es el enemigo―, dentro del país uno observa por desgracia ciertas insensibilidades. En algún sitio leí que alguien decía: «¡Hombre! No pasa nada por que envejezca la población…». ¿¡Cómo que no pasa nada!? Una de las mayores y más provechosas riquezas de un país es una población joven; algo de lo que nosotros, gracias a Dios, hemos gozado desde el principio de la Revolución hasta hoy, y en el caso de que en el futuro dejemos de contar con ello no hay duda de que sufriremos un retroceso. Otra cuestión importante es la de la gestión del ciberespacio, que no es además una cuestión de largo plazo, sino de corto y medio plazo, una cuestión que tenemos cerca y a la que hay que prestar atención, igual que hay otras cuestiones clave similares. Tengan cuidado de no entretenerse con lo marginal, con cuestiones accesorias que no son prioritarias.

Otra cosa que recomiendo es colaborar y unir fuerzas con los demás Poderes del Estado. A juicio de un humilde servidor, el planteamiento global de esa colaboración es el siguiente: por parte del Ejecutivo y el Judicial, la colaboración ha de consistir en cumplir con minuciosidad lo que ustedes ratifiquen. Es decir, que no se admiten excusas para no aplicar lo ratificado por la Asamblea, para paralizarlo ni para hacer caso omiso de ello. Esos dos Poderes tienen el deber de cumplir lo que ustedes ratifiquen. Y, por parte de ustedes, colaborar consiste en que creen y aprueben ustedes la legislación con atención a las posibilidades del país. Hay muchas cosas que a uno le gustaría aprobar, cosas muy positivas, pero para las que no dan de sí las posibilidades, la capacidad y la realidad del país. Ténganse en cuenta las capacidades del Ejecutivo y el Judicial, así como las capacidades del país y las realidades existentes, y produzcan legislación con atención a ellas, y así podrá generarse, en mi opinión, una colaboración positiva por ambas partes.

Cuiden igualmente sus relaciones con los gobernantes, porque ustedes tendrán trato con ellos. Ha sido buena cosa que los excelentísimos Sres. ministros acudieran a la Asamblea y les explicaran a ustedes la situación del sector que les corresponde. Esa ha sido una de las cosas positivas que se han hecho en este mes y pico. Sin embargo, esas relaciones con los gobernantes deben ajustarse tanto a la ley como a la Sharía; ser tanto legales como ajustadas al derecho religioso. Interpelar, investigar y demás son derechos de ustedes recogidos en la ley que deben realizar, pero no lo es ofender, insultar ni formular acusaciones sin certidumbre. A eso no tienen ustedes derecho, y algunas de esas cosas son haram conforme a la Sharía y no son permisibles. No es permisible de ninguna manera que uno, por ejemplo, insulte, vilipendie o calumnie a un ministro. Por lo tanto, distingan entre lo que es su deber y lo que les está prohibido. La ley y la Sharía estipulan ciertas cosas que deben ustedes hacer, así como ciertas otras que no deben hacer. Debe tenerse en cuenta tanto lo que hay que hacer como lo que no hay que hacer. No hay que dejarse llevar por las emociones ni comportarse de manera irracional. Hay que mantener una conducta serena, sensata y defendible, aunque sea enérgica. A veces, uno no comparte al cien por cien lo que dice la otra parte o incluso lo rechaza al cien por cien. No pasa nada. Sin embargo, las opiniones y pareceres contrarios deben expresarse de manera que quien mira desde fuera de la Asamblea vea que tiene uno la razón, es decir, con serenidad y racionalidad. 

En lo referente a la colaboración entre los Poderes y el Gobierno, hay dos cosas más que quisiera decirles. Una es que la experiencia de estos largos años ha demostrado que los enfrentamientos, conflictos y controversias en la cúspide son perjudiciales para la opinión pública y enojan a la gente. Claro que la gente espera de ustedes, del Gobierno y de la Judicatura que digan la verdad y persigan la justicia, pero no que polemicen entre ustedes y se pongan en aprietos unos a otros. Eso a la gente no le gusta nada, y las tensiones entre los jefes de los distintos organismos, en particular, a la gente le resultan molestos y le causan enojo. El efecto en la opinión pública es negativo.

Lo segundo es que, hoy en día, ustedes observan y ven que el pérfido enemigo, ese frente enemigo ―no es solo EE. UU., que es el más malévolo y execrable, pero no es el único: el enemigo es todo un frente― ha concentrado todas sus fuerzas para tratar de obligar a la República Islámica a retroceder. Por otra parte, ese es uno de nuestros honores. Que un poderoso frente político y económico del mundo junte toda su capacidad para colocarse frente a ti es una señal de la potencia que tienes. Si no fueras fuerte y no tuvieras poderío, no tendrían necesidad de reunir tras de sí todas esas tropas, todas esas fuerzas y gente de relleno para salirte al paso. Lo que eso muestra es que eres fuerte. Pero, en fin, lo cierto es que el enemigo ha puesto en juego todas sus fuerzas: fuerza económica, fuerza política y fuerza propagandística. Ya lo ven ustedes. Acaso pueda decirse que cada día o cada dos o tres días oímos uno de esos desvaríos estadounidenses. Ya sea el secretario de Estado, ya sea otro o el mismo presidente, no dejan de decir algo sobre Irán. Puede ser en una entrevista o, por ejemplo, en un foro internacional. Y si no es en ninguno de esos lugares, cuando menos en el lobby sionista dicen algo, sueltan algún gruñido, algún exabrupto o algún disparate contra la República Islámica. Bien, eso lo que muestra es que están seriamente decididos a poner en juego todas sus capacidades propagandísticas. Además de sus capacidades económicas, van a poner también en juego ese tipo de medios. En estas circunstancias, ¿qué debemos hacer nosotros? Nuestro deber es la unión y la cohesión internas, para mostrar nuestra unidad frente al enemigo. Sí, tenemos diferencias de estilo y tenemos diferencias de opinión. Es posible que, entre nosotros, algunas personas no tengan confianza mutua. Pero, frente al enemigo, nos damos la mano todos juntos y decimos lo mismo, con un solo clamor, actuando y avanzando al unísono.

Claro está que yo doy gran importancia a la función de supervisión de la Asamblea. Realmente, esa función de supervisión de la Asamblea es una función fundamental, vital, y de ninguna manera debe dejar de prestarse atención a esa función de supervisión. Sin embargo, mi convicción es que realicen ustedes esa función con serenidad. Realícenla con racionalidad, con serenidad y sin perturbaciones.

Hay otra cosa que quisiera decirles tanto a ustedes como a los del Gobierno. Presten atención todos. El último año de los Gobiernos es habitualmente un año delicado. Un servidor tiene ya mucha experiencia en este campo. El cuarto año de los Gobiernos ―en especial, si es el segundo cuarto año― es un año extremadamente delicado y, normalmente, en ese año, si no se tiene cuidado, la actividad se debilita. Lo primero es que todos los Gobiernos tienen el deber de esforzarse y trabajar hasta el último día; hasta el último instante. Un servidor tiene la firme convicción de que los Gobiernos deben esforzarse y trabajar hasta el último día de su mandato y, luego, entregar el depósito que se les ha confiado al siguiente Gobierno; eso sí, mi convicción es que debe entregarse con su informe de situación, como un ingeniero que a mitad de proyecto traspasa la obra a otro ingeniero y le da un informe de situación: «Este es el trabajo que se ha hecho, y esta la situación que hay ahora». Tienen que estar trabajando hasta el último día. En las circunstancias delicadas de este último año del Gobierno, que es el primer año de la labor y la actividad de ustedes, ambos ―tanto el Gobierno como la Asamblea― deben intentar mantener un clima que no perjudique el trabajo. Tengan cuidado y gestionen el ambiente de tal manera que no se cause ningún tipo de daño a la actividad importante del país.

Lo último de lo que quiero hablar a propósito de la Asamblea es que tienen ustedes a su disposición dos centros muy importantes, cada uno de los cuales reviste por sí mismo una importancia particular. Uno es el Centro de Investigaciones, que es un centro de estudios especializados de gran importancia. Aprovechen ustedes ese centro de la mejor manera. En el pasado, afortunadamente, son muchas las ocasiones en que el centro se ha aprovechado muy bien. Ese centro ha prestado a veces una ayuda especializada vital a los diputados. Se trata de un centro importantísimo.

El segundo es el Centro de Supervisión de la Conducta de los Representantes, que funciona desde hace unos años. Ese es también muy importante. Ustedes, por supuesto, son muy buenos ―quiera Dios retribuírselo―. Pero una cosa es ser bueno, y otra distinta es seguir siéndolo. Seguir siendo bueno es otra cosa. Debemos tratar de seguir siendo buenos. Todos nosotros estamos expuestos a problemas y es posible, no quiera Dios, que cometamos algún desliz. Todos nosotros ―igual un servidor que ustedes también― estamos expuestos y debemos tener cuidado. Tenemos que vigilarnos nosotros mismos y, además, «se aconsejan unos a otros la Verdad y se aconsejan unos a otros la paciencia» (Sagrado Corán, 103:3). Ese Centro de Supervisión de la Conducta de los Representantes cumple ese «se aconsejan unos a otros la Verdad y se aconsejan unos a otros la paciencia», se dedica a prescribir el bien y proscribir el mal. Se trata de esa vigilancia y esa responsabilidad social mutua que existe en el Islam.

Bien. Lo último de lo que voy a hablar es el coronavirus. Lo primero es que esta nueva propagación del virus causa en uno una pena profunda. Encender la televisión y ver que dicen que hoy, 180 personas (han fallecido); hace unos días, 220… Se le rompe a uno el corazón y queda muy afligido. ¡Tanta gente en veinticuatro horas! Treinta personas ya era mucho. Cuando se había reducido, eran en torno a treinta, y ya era mucho. Esas treinta personas tienen cada una sus seres queridos, son seres queridos de alguien y tienen padre, madre, cónyuge, hijos, hermanos y amigos que estarán de luto. Si esa cifra llega además, por ejemplo, a doscientas, ciento ochenta, ciento cincuenta personas o similares, es realmente muy triste. Triste de verdad. Yo ruego que todos aquellos que pueden desempeñar un papel en este campo lo hagan de la mejor manera.

Bien, afortunadamente los equipos médicos han hecho grandes sacrificios. Uno se ve ya incapaz de expresar la magnitud de esos sacrificios que han hecho. ¡Cuántos de ellos se han infectado y cuántos han perdido la vida sirviendo a la gente! Eso es algo muy valioso y muy importante. Pero es que no son solo los equipos médicos. En este terreno, toman decisiones equipos diversos, por no hablar de los que administran y los que les dan apoyo. Un gran número de nuestros jóvenes se puso en acción en los primeros meses para servir, apoyar y ayudarlos, y luego está el común de la gente. Cuando yo veo que en la televisión muestran a algunos pasando, sin hacer algo tan sencillo como ponerse una mascarilla como esta, siento realmente vergüenza ante los enfermeros que se están sacrificando de esa manera ―los médicos, los enfermeros―, para que luego esa persona, joven o no, no esté dispuesta ni a ponerse un cubrebocas. Esas cosas hay que hacerlas. Esto es lo primero que quería decir. Yo ruego a todas las personas que pueden influir en este terreno ―tanto los responsables de la Administración del país como todos aquellos que pueden prestar un servicio y la gente común― que actúen todos en este campo, para que podamos cortar en poco tiempo esa cadena de infección, llevar el país a buen puerto y salvarlo. Nosotros, al principio, fuimos de los mejores y más exitosos países. Hoy ya no es así, aunque aún hoy seguimos estando por delante y mejor que muchos países, pero no tanto como al principio, y eso lo entristece a uno. Este era un punto.

El segundo punto es que, en este asunto del coronavirus, las capas sociales más débiles e incluso las medias realmente han sufrido un golpe en cuanto a su sustento, medios de vida, etc. Esa labor que comenzó en vísperas del mes de ramadán, con esas ayudas teñidas de fervor en las que todos participaron, fue una acción muy valiosa que pudo reducir las penas de algunas familias. Yo hoy estoy convencido de que nuestro pueblo querido puede comenzar de nuevo ese movimiento de colaboración y caridad. Por supuesto, no se ha cortado, pero es necesario que crezca y se desarrolle en cierta medida, y que vuelva a vigorizar la atmósfera del país, a alegrar a los niños, a proveer a las familias y a salvar a los padres de la preocupación por el sustento de sus hijos. Eso es algo que la gente puede hacer. En cuanto a cómo se haga y cómo se gestione, esas cosas no pueden dirigirse de manera centralizada. Son acciones que se realizan por toda la sociedad corriente, por todo el país. Gracias a Dios, el país es grande y la gente es mucha. Esa es la extensión. Cualquiera que pueda, en la medida y en la manera que pueda, que ayude a esa labor. Y que no se diga, por ejemplo, que a tal familia le han llegado cosas por dos o tres vías. ¡Que lleguen! ¡Mejor! Si esto puede llevarse a cabo de manera ordenada y metódica, mejor, por supuesto. Pero si no puede ser no pasa nada. Pongamos por caso que a una familia le llega ayuda de dos o tres sitios. No pasa nada si, en la situación que existe, a algunos les llega doble. Que llegue. Inténtese solamente que nadie quede fuera. Solo eso. Cuídese de que nadie quede fuera y que la gente pueda, Dios mediante, disponer de lo necesario. Eso dará vigor al país, colmará de bendiciones los actos y hará que se dirijan a ustedes el favor y la gracia divinos.

Otra de las cosas que quiero resaltar ―y es lo último que quería decirles― es la cuestión de la súplica y la oración. Desde el principio dijimos que, en este asunto, era muy importante la plegaria general, sin limitarse específicamente a la séptima plegaria del Sahiya sayadiya, que muchos han rezado y practicado. Recen diversas plegarias, pidan, supliquen y rueguen a Dios el Altísimo. En especial, los jóvenes; en especial, los corazones puros y transparentes como agua cristalina. Hay corazones que están iluminados. La plegaria de esos corazones puede ser respondida por completo. Como dicen, «la plegaria de media noche ahuyenta cien desastres». Quiera Dios. Esperemos que Dios el Altísimo les depare suerte a todos ustedes, y que dé satisfacción de nosotros al alma purificada del imam y a las excelsas almas de los mártires.

Con ustedes la paz, la misericordia de Dios y Sus bendiciones.

NOTAS

(1) En el inicio de la videoconferencia expuso un informe el Dr. Mohammad Baqer Qalibaf, presidente de la Asamblea.

(2) El presente año 1399 de la Hégira solar persa comenzó el 20 de marzo de 2020.

(3) Por ejemplo, en el encuentro con un grupo de jóvenes parejas del 4 de agosto de 2019.