En el asunto de la mujer, nuestra posición frente a los hipócritas y pretenciosos acusadores occidentales es una posición de reclamación, no de defensa. Una vez, hace años, estudiantes de una universidad me preguntaron cuál era mi defensa en tal asunto. Les dije que lo mío no era defensa, sino ataque. En el asunto de la mujer, es así: es el mundo el que yerra, y cuando digo “el mundo” me refiero a ese mundo occidental, a la filosofía y la cultura de Occidente —el Occidente moderno o, como dicen ellos, la modernidad—. No hablo del Occidente histórico; ese es otro tema. Entiéndase por Occidente moderno el que de hace unos doscientos años a esta parte ha manifestado ciertas ideas en todos los aspectos de la vida. Frente a esos, nosotros estamos en posición de demandantes. En la cuestión de la mujer cometen serios pecados; yerran. Han causado daños, han cometido un crimen (…).

En cuanto a la perspectiva islámica, puede decirse de ella que lo que se tiene en consideración en el Islam al hacer una evaluación en términos humanos e islámicos es al ser humano. Hombre y mujer carecen de particularidad alguna, no hay ninguna diferencia entre ambos. La igualdad de hombre y mujer en el terreno de los valores humanos e islámicos es una de las premisas indiscutibles del Islam. A ese respecto no cabe duda ninguna. Reza la aleya del Corán, tras los versículos que se han recitado aquí: “En verdad, para los musulmanes y las musulmanas, para los creyentes y las creyentes, para los obedientes y las obedientes de las órdenes de Dios, para los sinceros y las sinceras, para los pacientes y las pacientes, para los humildes y las humildes ante Dios, para los caritativos y las caritativas, para los que ayunan y las que ayunan, para los que protegen y las que protegen su sexo y para los que recuerdan y las que recuerdan mucho a Dios…” (Sagrado Corán, 33:35) —diez características fundamentales menciona, todas ellas iguales para hombre y mujer—, “Dios ha preparado un perdón y una recompensa enormes” (33:35). Esa es la perspectiva del islam. O también, en otra aleya: “En verdad, Yo no dejo que se pierda la obra de nadie que obre bien, sea hombre o mujer” (3:195). No hay diferencia entre los dos. En resumidas cuentas, en lo que respecta a la valoración humana e islámica, entre hombre y mujer no hay ninguna diferencia. Al mirar al hombre y la mujer, el Islam mira al ser humano, sin particularidades.

Eso sí, los deberes recíprocos de hombre y mujer son diferentes, pero hay un equilibrio. Dice el Santísimo Legislador en la sura Al-Baqara (La vaca): “Y las mujeres tienen derechos equivalentes a sus obligaciones conforme a lo razonable” (2:228). En la misma medida en que hay derechos para ellas hay también derechos en su contra, es decir, derechos sobre ellas. Hay cosas que les corresponden y, en esa misma medida, hay cosas que corresponden a la otra parte y que recaen sobre ellas como deberes que les incumben. En otras palabras, por cada deber que se ha asignado a alguien hay también por otra parte un derecho. Por cada privilegio que se ha dado a cada uno de los dos, les corresponde también un deber: equilibrio perfecto. Y esto, en lo que respecta al hombre y la mujer (…).

Al considerar las responsabilidades, se incide aquí en las peculiaridades que son connaturales al hombre y la mujer. Existen ciertas diferencias entre hombre y mujer, lo que significa que hay una naturaleza femenina y otra masculina. Tanto en el cuerpo como en el espíritu y las cuestiones espirituales hay diferencias, y las responsabilidades son acordes a esas diferencias. Estas influyen en el tipo de responsabilidades que incumben al hombre y a la mujer, dependiendo de esa naturaleza masculina o femenina. Ninguno de los dos debería asumir cosas contrarias a su propia naturaleza. Yerra el hombre que, con su modo de comportarse, por medio de maquillaje facial y demás trata de parecerse a una mujer, al igual que la mujer que, con su conducta, su habla y sus movimientos trata de parecerse al hombre. Ambos yerran. Esto, en cuanto a los deberes personales y las responsabilidades diversas que existen en el ámbito doméstico, el ámbito exterior, etc. (…). Ahora bien, en lo que toca a los deberes colectivos, las obligaciones del hombre y la mujer son iguales. Los papeles son distintos, pero las obligaciones son iguales. Esto significa que tanto para la mujer como para el hombre el Yihad es obligatorio, solo que el Yihad del hombre es de una manera y el de la mujer, de otra (…).

Ordenar el bien y prohibir el mal es obligatorio tanto para la mujer como para el hombre, pero hay división de funciones. Los papeles no son los mismos. Esto que he apuntado es la perspectiva del Islam respecto del hombre y la mujer en los distintos ámbitos. Bien, pues esa perspectiva es tanto avanzada como justa: la mujer ocupa su sobresaliente posición, el hombre ocupa la sobresaliente posición que le es propia a él y ambos gozan de ventajas legales, intelectuales, teóricas y prácticas, contrariamente al sistema de valores del capitalismo de Occidente. Por supuesto, como he señalado antes, es el Occidente moderno al que me refiero (…).

El sistema capitalista occidental es esencialmente un sistema machista. Es decir, que eso que ellos atribuyen al Islam —¡sin razón! Faltan a la verdad— es cierto tal cual sobre ellos mismos. ¿Por qué? Esa perspectiva tiene sus raíces en que, en el capitalismo, el capital está por encima de la humanidad; las personas están al servicio del capital. En definitiva, cualquier ser humano es más valioso en la medida en que pueda atraer y acumular más capital, y el hombre se impone más, es más fuerte. La explotación de las minas de oro, de piedras preciosas, de diamantes, etc., en África, en Norteamérica, en Sudamérica y demás la hacían los hombres. La dirección de los asuntos económicos y comerciales a gran escala, etc., la hacían los hombres. Por eso en el capitalismo el hombre prima sobre la mujer, porque la primacía del capital sobre el ser humano se da más en el hombre. Bien, pues una vez que se establece que sea el capital el que determina la posición de las personas, estas dejan de ser iguales; de manera natural se vuelven diferentes. Hemos dicho además que, en la perspectiva capitalista, el sexo masculino está de manera natural por encima del femenino. De ahí que vean ustedes como en el capitalismo se abusa de la mujer de dos maneras: una, en lo relativo al propio trabajo. Este es uno de esos aspectos dignos de reflexión.

Sobre estos aspectos, esta dama que ha hablado de cuando estaba en Occidente, en principio debe de estar bien informada. Pueden ustedes encontrarlos en los libros y en los lugares donde hay información general. Ahora mismo, en muchos de los países occidentales, el salario de la mujer es inferior al del hombre por el mismo trabajo; encargan el mismo trabajo del hombre a la mujer y le pagan un menor salario, porque es más débil, porque es más sometible. Es así. Eso es una forma de abuso. Una razón de que, en el siglo XIX —y luego en el XX, pero más en el XIX— se planteara la cuestión de la liberación de la mujer fue sacar a las mujeres de la casa, llevarlas a la fábrica y emplearlas pagándolas menos.

Abro aquí un paréntesis: exactamente lo mismo sucedió con la liberación de los negros en Estados Unidos en las guerras civiles estadounidenses de los años 1860, es decir, hace unos ciento sesenta años. En aquellas guerras internas norteamericanas, hubo más de un millón de muertos en cuatro años. La guerra fue entre el Norte y el Sur, y el resultado de esas guerras fue que se planteara la cuestión de la liberación de los esclavos —la manumisión de los esclavos negros—. El Sur era agrícola, y el Norte industrial. El centro de la esclavitud estaba en el Sur. La mayoría de los esclavos estaban en el Sur, donde trabajaban en la agricultura. Los del Norte tenían necesidad de obreros baratos, por lo que necesitaban a aquellos negros. La controversia de la manumisión de los esclavos la comenzaron los norteños. Si han leído ustedes la novela La cabaña del tío Tom, lo habrán visto. Es de hace unos doscientos años. La cabaña del tío Tom se escribió hace cerca de doscientos años, es de aquellos mismos tiempos. Los alentaban, ellos huían de allá y se los llevaban al otro lado. ¿Para qué? ¿Para que fueran libres? ¡No! Porque necesitaban trabajadores baratos… ¡trabajadores baratos! De este jaez son los falseamientos de sus civilizadas señorías occidentales en distintas cuestiones. Casos semejantes hay muchos.

De manera que, por una parte, perjudicaron a la mujer llevándola al ámbito laboral para gastar menos, asumir menos costos y pagar menos dinero; y por otra, al ser el hombre el sexo superior, haciendo de ella un medio para el goce del varón. En fin, a mí me cuesta hablar de esto; me cuesta en todos los foros y más en una reunión de mujeres, pero es una realidad,  ¿qué le vamos a hacer? De todo hicieron para convencer a la mujer de que lo que la beneficiaba era comportarse de manera que potenciara sus encantos sexuales para el hombre. Se esforzaron al máximo. Esta historia es muy penosa. Sobre estos asuntos, yo he leído muchas cosas que realmente uno no puede contar. En una de esas revistas norteamericanas —me la trajeron hace siete, ocho, diez años—, un capitalista estadounidense muy destacado que tenía no sé si decenas de cadenas de restauración muy modernas, muy avanzadas, muy atractivas, etc., anunciaba que estaba contratando. ¿A quién? Muchachas jóvenes, mujeres jóvenes con ciertas características que especificaba. Una de ellas era que la ropa, la falda, obligatoriamente la tenían que llevar tanto por encima de las rodillas, y hasta habían puesto la fotografía de cómo debía ser. Vean entonces como la organización para el comercio, para la industria, para la vida corriente en la calle es de tal modo que el hombre lascivo y lujurioso pueda saciarse con la vista y con lo que no es la vista. Esta gente realmente ha destruido la dignidad de la mujer; han destruido la honorabilidad de la mujer. Y lo peor es lo que he señalado, que llevan las cosas a un punto en el que la propia mujer —la mujer joven, la muchacha— vea conveniente para ella misma presentarse de manera que pueda atraer hacia sí la atención del hombre desde el punto de vista sexual. ¿Y qué hombre? ¡El  hombre que pasa por la calle! Llevarla a esa conclusión es el mayor daño que han causado a la mujer. Y luego hay muchos otros asuntos semejantes que quizá ustedes conozcan y hayan leído sobre ellos.

Ahora, ¿cuál es el resultado de ese planteamiento machista? Cuando en la civilización occidental el hombre es el sexo superior y la civilización es machista, el resultado es que la mujer intenta tomar como modelo al hombre: el hombre se vuelve modelo para la mujer. La mujer se mueve hacia tareas masculinas. Ese es el resultado. Vean ustedes, aquí hay un versículo del Corán al que creo que ha aludido además una dama; no lo recitó, pero me parece que se refería a esta aleya. Dice: “Dios pone un ejemplo para los que no creen: la mujer de Noé y la mujer de Lot.” (66:10). Para los infieles, el modelo son dos mujeres: dos mujeres infieles son ejemplo y patrón para las mujeres infieles: la mujer de Noé y la mujer de Lot, que engañaron a sus maridos: “Y su relación con aquellos no las benefició en nada ante Dios” (66:10). A pesar de ser profetas, sus maridos ya no no les servían de nada, no tenían provecho para ellas. Eso, en cuanto a los infieles. Y luego: “Y Dios pone un ejemplo para quienes son creyentes: la mujer del Faraón” (66:11). Pone a dos mujeres como ejemplo para los seres humanos infieles, y dos mujeres para todos los seres humanos fieles, creyentes, ya sean mujeres u hombres. En otras palabras, para todos los hombres del mundo que quieren ser fieles, el modelo son dos mujeres: una, la mujer del Faraón, y la otra, María. Y Dios pone un ejemplo para quienes son creyentes: la mujer del Faraón: plenitud de nobleza y de castidad; aquella misma dama que hizo, cuando sacaron a Moisés del agua, que no lo mataran: “No lo matéis” (Sagrado Corán, 28:9). Les dijo que no lo mataran. Después creyó en el profeta Moisés y, más adelante, la mataron con torturas. Ese es el modelo. “Y María, hija de Imrán” (Sagrado Corán, 66:12), con ella la paz. Sobre esta última tenemos: “Quien protegió la castidad de su vientre” (66:12). Preservó su castidad. Lamentablemente, no disponemos de demasiada información sobre qué sucedió. En torno a María se produjeron sucesos en los que aquella noble señora resistió con poderío absoluto, se mantuvo pura… y así hasta el final, con el resto de acontecimientos que ustedes conocen. Es decir, que justo en el extremo opuesto a la civilización occidental, que hace del hombre el modelo, en el Corán se pone de ejemplo a la mujer; no solo para las mujeres, sino para todos los seres humanos, tanto en el terreno de la infidelidad y el descreimiento como en el campo de la fe.

Pues bien, aquí es donde se revela la desvergüenza de Occidente. Estos, pese a todos los daños causados a la mujer, a su dignidad y a su honorabilidad, ¡se hacen pasar por abanderados de sus derechos! Están beneficiándose a nivel mundial de la cuestión los derechos de la mujer. Es realmente el colmo del cinismo. A veces, uno dispone de datos secretos de ciertos lugares; y otras veces, ni eso… está muy claro. De verdad, no quiero ahora dar nombres. Le da a uno vergüenza hacerlo, con eso que sucedió el año pasado con las mujeres occidentales, las agresiones sexuales, esto y lo otro. Pues, pese a todo eso, siguen diciendo que ellos apoyan a la mujer y sus derechos. Es eso lo que en el lenguaje impío de los occidentales llaman “liberación de la mujer”. Cuando dicen “liberación de la mujer”, lo que tienen en mente es libertad en ese sentido. ¿Es eso la libertad? ¡Qué va a ser eso la libertad! Es el aprisionamiento mismo; es la humillación misma.

Lamentablemente, dentro del país llegamos tarde a la comprensión de estos asuntos. Muchas de estas ideas nos quedaron claras después de la Revolución, porque antes incluso algunas de nuestras grandes figuras se figuraban que esa libertad en las relaciones entre hombre y mujer en Occidente haría que quedaran saciados los apetitos de los hombres y no se cometiesen ya violaciones sexuales: las violaciones que tenían lugar ocasionalmente y de manera marginal, una vez que se calmaran los apetitos masculinos, ya no se producirían. ¡Eso pensaban! Ahora, miren ustedes y vean si se han saciado esos apetitos ¡o si las ansias se han multiplicado por cien, con esas violaciones que se perpetran! Constantemente lo están diciendo: en el ámbito laboral, en la calle, en todas partes, incluso en organizaciones férreas y ordenadas como el ejército —donde están también las mujeres— se cometen violaciones. La violación es distinta de la fornicación acordada, que queda para otro momento: además de eso, se cometen también violaciones por la fuerza. Es decir, no solo no se han saciado los apetitos, sino que las ansias y la lujuria se han multiplicado por cien entre los hombres. Por eso, hoy en día, cuando ustedes observan la atmósfera reinante en Occidente, ven que hay trata sexual, que hay esclavitud sexual, que se disuelven todas las fronteras de la moral y la humanidad, se normalizan y legalizan cosas que están proscritas en todas las religiones. La homosexualidad y esas cosas no es algo que tenga que ver solo con el Islam: en todas las religiones forman parte de las grandes prohibiciones. Hacen esas cosas legales y realmente ni siquiera les da vergüenza alguna. Bien, por tanto una de las necesidades de obligado cumplimiento práctico en nuestra sociedad es evitar rigurosamente la perspectiva de los occidentales sobre la cuestión del sexo (…).

Otro punto más relativo a las cuestiones de la mujer es el tema de la familia, que afortunadamente se ha planteado desde varios puntos de vista y con distintas perspectivas en las intervenciones de las señoras que han hablado, y ha estado muy bien. Yo realmente he disfrutado con sus discursos. Miren ustedes, la formación de una familia parte de una ley general en el mundo de lo existente, una ley general de la Creación. Esa ley es la ley del emparejamiento: “Glorificado sea Quien ha creado parejas de todo, de las plantas que surgen de la tierra, de ellos mismos y de lo que ellos no conocen” (Sagrado Corán, 36:36). Dios Altísimo ha puesto emparejamiento en todas las cosas ―en todas las cosas, jálaqa-l-ashya’a kul-laha―. Hay emparejamiento en el ser humano, lo hay en los animales, lo hay en las plantas, wa mimma la ya’lamuna. Hay también algunas cosas en las que hay emparejamiento y nosotros no lo sabemos: por ejemplo, ¿cómo es el emparejamiento entre las piedras? No lo sabemos. Es posible que en el futuro se descubra. Hay emparejamiento entre los cuerpos celestes, pero no sabemos cómo es. En el futuro se descubrirá. Miren: “Glorificado sea Quien ha creado parejas de todo, de las plantas que surgen de la tierra, de ellos mismos y de lo que ellos no conocen”. Entonces, hay emparejamiento. Lo que he citado es la sura Ya sin. Hay otra aleya en la sura Ad-dāriyāt, Los vientos: “Y hemos creado todas las cosas por parejas. Quizás así reflexionéis” (51:49). El emparejamiento es una ley general (…).

Para que se cree orden en la sociedad, en la historia, en la vida humana, es necesario que haya leyes. Hay leyes en todas partes y en la cuestión del emparejamiento del ser humano también las hay. Tampoco esto es particular del Islam. En cualquiera de todas las religiones del mundo que ustedes miren, el matrimonio sigue una ley. En el cristianismo, en el judaísmo, incluso en el budismo, en los demás lugares y en las demás religiones, hasta donde tenemos noticia hay una ley conforme a la cual forman pareja un hombre y una mujer. En esto, el desorden es pecado, es delito, es una iniquidad y es causa de confusión y de tumulto. Esas reglas hacen que la familia sea sana. Si se respetan, la familia será sana. Cuando la familia sea sana, será sana la colectividad. La familia es la célula que constituye la colectividad. Cuando las familias se vuelvan sanas, se volverá sana la colectividad.

‌Bien, ahora: la mujer, en la familia y en el ámbito familiar, ¿qué papel tiene? Yo, la idea que me hago teniendo en cuenta el conjunto de las enseñanzas que hay en las aleyas coránicas, los hadices, etc., es que la mujer es el aire que llena la atmósfera familiar. Al igual que ustedes respiran en la atmósfera y, si no hay aire, es imposible respirar, con la mujer pasa lo mismo. La mujer de la familia equivale a la respiración en ese espacio. De aquí, de la familia, es de donde viene que el hadiz diga: Al-mar’a rayhana wa-laysa bi-qahrimana (1). Rayhana significa flor, perfume, fragancia: ese aire que llena la atmósfera; y qahriman, en árabe ―en laysa bi-qahrimana― es distinto a qahriman en persa. Qahriman significa encargado, trabajador o algo así como capataz. La mujer no es una qahrimana. La familia no consiste en una fantasía de que una vez que hayan tomado esposa le echen encima todas las tareas. ¡No, señor! Ella misma, voluntariamente, hace una tarea si le apetece. Es su casa y, si quiere hacer algo, lo hace. Si no, nadie tiene derecho —sea hombre o no— a obligarla, a forzarla a hacer la tarea. Así es.

Bien, en la familia la mujer aparece unas veces en el papel de esposa, y otras en el de madre. Cada uno tiene unas particularidades. En el papel de esposa, la mujer es ante todo la manifestación de la tranquilidad: “De la que hizo a su pareja para que viviese tranquilo con ella” (Sagrado Corán, 7:189). Tranquilidad, porque en la vida hay turbulencias. En este océano de la vida, el hombre está ocupado con el trabajo y las turbulencias. Cuando llega a casa, necesita tranquilidad; necesita calma. Esa calma la crea en la casa la mujer: “Para que viviese tranquilo con ella”. El hombre, junto a la mujer, se siente relajado. La mujer es fuente de paz. El papel de la mujer como esposa es el del amor y la tranquilidad. Como he dicho antes, lean ustedes esos libros de esposas de mártires; ahí se ven con claridad el amor y la tranquilidad, y se muestra cómo ese hombre que se ha adentrado en el campo de batalla ―ya sea en la Sagrada Defensa, en la Defensa del Santuario o en otros arduos terrenos― encuentra la tranquilidad junto a esa mujer, cómo se calman esas turbulencias del ánimo y cómo el factor del amor lo mantiene en pie, le da audacia, le da osadía y le da fuerzas para poder trabajar. Así es la mujer como esposa: fuente de calma, fuente de amor, de tranquilidad y esas cosas. Sobre esa cuestión de la tranquilidad que he dicho: “De la que hizo a su pareja para que viviese tranquilo con ella” (Sagrado Corán, 7:189). Esta es una aleya, y en otra se dice: “Haber creado de vosotros mismos parejas para que encontréis la calma junto a ellas. Y ha puesto entre vosotros afecto y misericordia” (30:21). Mawadda quiere decir afecto, amor; rahma quiere decir misericordia. Entre marido y mujer se intercambian afecto y misericordia. Ese es el papel de la mujer en cuanto esposa. No es papel nimio, es un papel importantísimo. Es un papel de gran enjundia. Esto en lo que se refiere al papel de esposa.

En cuanto a la maternidad en el papel de la mujer, es el papel del derecho y la verdad de la vida: la mujer es la productora de seres que proceden de ella. ¡Es así! Es ella quien gesta, ella quien pare, quien alimenta, quien cuida: la vida de los seres humanos está en manos de las madres. La vida de los hijos depende de las madres. El amor que Dios Altísimo ha colocado en el corazón de la madre por su hijo es algo sin igual: no hay ningún otro amor de ese tipo en absoluto que tenga la misma cualidad que ese que Él ha dado. Está en sus manos el derecho sobre la vida y luego sobre la continuidad de las generaciones. Las madres son la fuente de la continuidad de las generaciones: la descendencia humana prosigue mediante la maternidad.

A través de las madres se transmiten los elementos de la identidad nacional. La identidad nacional es algo importante. Dicho de otro modo, la identidad de un pueblo, su personalidad, se transmiten en primer lugar a través de las madres. La lengua, los hábitos, las maneras de hacer las cosas, las tradiciones, los buenos modales, las buenas costumbres… todo eso es transmitido principalmente por medio de la madre. El padre influye también, pero mucho menos que la madre. Es la madre quien ejerce la mayor influencia.

Quienes esparcen las semillas de la fe en los corazones: son las madres quienes crían fieles y devotos a los hijos. La fe no es una lección que alguien pueda impartir a otro y este la memorice. La fe es un crecimiento, es un desarrollo espiritual que precisa de siembra. Esa siembra tiene lugar por medio la madre, es la madre quien la hace. Con la moral es lo mismo. Por tanto, su papel es extraordinario.

Estos dos papeles son importantes. Lo he dicho a menudo y es lo que pienso: que los deberes más importantes y principales de la mujer son esos. Ahora, esta dama ha dicho: “Yo soy ama de casa”. Eso está muy bien. Para el Islam, el papel primordial de una mujer ese ese mismo de ama de casa. Ahora bien, lo importante es que el cuidado del hogar no implica recluirse en él. Algunos confunden esas dos cosas. Cuando hablamos del cuidado de la casa, se piensan que estamos diciendo que se queden metidas en casa, que no hagan nada, que no asuman tarea alguna, que no enseñen, que no luchen, que no hagan trabajo social, que no mantengan actividad política. Cuidar la casa no significa eso. Ser ama de casa significa mantener la casa y, al lado del cuidado y mantenimiento de la casa, pueden hacer cualquier cosa de la que sean capaces y por la que sientan inclinación y entusiasmo. Pero todo eso además del cuidado de la casa. Si se emprende algo en algún sitio, entre la preservación de la vida del niño y mantener esa actividad en la oficina, la vida del niño va antes. ¿Acaso tienen alguna duda sobre eso? No. Ninguna mujer tiene dudas sobre que, si corre peligro la vida del niño y corre peligro el trabajo de la oficina, va antes la vida del niño. Lo mismo, con los modales del niño, lo mismo con la fe del niño, lo mismo con la educación del niño. Es decir, de la misma manera que no tienen dudas sobre la vida del niño, tampoco sobre la educación (…).

Sin embargo, salvo en esos casos, en circunstancias normales el centro de los deberes de la mujer es la familia y, realmente, sin la presencia de la mujer, sin su actividad, sin su sentido de la responsabilidad, es imposible que la administración de la familia pueda funcionar ―y no funciona―. Sin la mujer, no funciona. En la familia, se traban a veces nudos finos que no pueden desatar sino los delicados dedos de la mujer. El hombre, por más fuerte y capaz que sea, no puede desatar algunos nudos. Tales nudos delicados —a veces, sin salida— son imposibles de desatar si no es con los delicados dedos de la mujer. Bien, eso en lo referente a la familia. Claro, que si en relación con la familia queremos también tomar en consideración las cuestiones de Occidente, es una catástrofe. ¡Una catástrofe! Occidente ha destruido la familia. Verdaderamente la ha destruido. Por supuesto, cuando digo “destruido” no significa que la familia no exista en absoluto en Occidente. Sí, hay algunas familias y son buenas familias además, son familias de verdad. Y hay otras que son una apariencia familiar, sin familia dentro. Leía yo en un escrito occidental, de Estados Unidos, que hombre y mujer, para poder ver a los hijos en condiciones adecuadas y “ser una familia”, como se dice, conciertan una cita, “ven a tal hora de la oficina”, para que la señora llegue del trabajo y tomen juntos un té o una merienda. Es decir, que a una hora determinada —de cuatro a seis, pongamos— llegue ella, vaya también él y cuando lleguen los niños del colegio se sienten juntos a tomar un té. ¡Y eso es una familia! Luego uno se va a hacer sus cosas, el otro se va a su soirée, con sus amigos. Eso no es una familia, es la apariencia de una familia. Los occidentales, con todo tipo de cosas de esas que he señalado, realmente han descompuesto la familia causando su desmoronamiento gradual, lo que ha hecho que alcen la voz los propios pensadores occidentales. Muchas de sus personas bien intencionadas y sus reformadores han puesto la atención ahí y ponen el grito en el cielo, si bien lo que yo creo es que ya no tienen remedio. En algunos países occidentales, la cuesta abajo se ha hecho tan empinada que detenerse es ya imposible, están acabados: las familias son ya irreparables. Y eso en cuanto a la familia.

Que ahora pongan objeciones y planteen dudas sobre si debe haber hiyab, si es necesario, si es imprescindible… no, no ha lugar a objeciones ni a dudas. Se trata de un deber religioso de obligado cumplimiento que debe respetarse. Ahora bien, a quienes no lo respetan de manera perfecta no hay que acusarlos de irreligiosidad ni de contrarrevolucionarios; no. Ya lo he dicho antes; lo dije una vez en uno de los viajes a provincias que hacía, en una reunión de ulemas (2). Se habían reunido allá los ulemas y dije: “¿Por qué lanzan a veces algunos de ustedes acusaciones contra alguna señora que, pongamos por caso, lleva el pelo algo fuera o, según se dice corrientemente, ‘es de mal hiyab’? Que, por otra parte, se debe decir ‘de hiyab débil’, que su hiyab es débil. Va un servidor a tal ciudad y sale una multitud a recibir… pues quizá no menos de un tercio de la multitud eran señoras de ese estilo, derramando lágrimas. Ahí no se puede hablar de contrarrevolución. ¿Qué contrarrevolucionarias son esas que acuden con motivación, con entusiasmo y con ardor a participar en tal ceremonia religiosa o tal acto revolucionario? Esas son nuestras propias hijas, nuestras propias muchachas. He repetido varias veces ya en los sermones de la oración del Eid al-Fitr que, en las ceremonias de Ramadán, en las noches de vigilia de Ihya —me traen las fotografías, yo no puedo ir pero me traen imágenes— derraman lágrimas mujeres de distintos aspectos, distintas apariencias. Y yo añoro verter lágrimas de esa manera. Me digo, ojalá pudiera yo también derramar lágrimas así, como esa muchacha, como esa mujer joven. ¿Cómo pueden lanzarse acusaciones contra ella? Sí, no es correcto, el mal hiyab o el hiyab débil no son correctos, pero eso no es razón para excluir a esas personas y considerarlas ajenas al campo de la religión, de la Revolución, etcétera. ¿Por qué? Por supuesto, todos nosotros tenemos defectos. Esos defectos debemos corregirlos. Cuanto más podamos corregirlos, mejor. Y esta era otra cuestión, en este caso relativa al asunto del hiyab.

Un tema sobre el que lamentablemente no tengo tiempo para hablar es el del servicio que ha hecho la República Islámica a las mujeres. Eso no debe olvidarse. Miren, no parece que ninguna de ustedes haya visto el período anterior a la Revolución. Yo pasé casi la mitad de mi vida en ese período. Antes de la Revolución, las mujeres eruditas, con amplitud de miras, sabias, con formación, dadas al estudio y con investigaciones hechas en distintos terrenos se contaban con los dedos de las manos. Todas estas profesoras de universidad, todas estas especialistas y subespecializadas en medicina, todas estas científicas en distintos departamentos —y cuando digo distintos departamentos hablo de sitios reales donde yo he ido, lo he visto y los he visitado—, en los que hay conocimientos avanzados, tecnologías adelantadas y mujeres sabias, mujeres cultivadas allá trabajando… Eso antes de la Revolución no tiene precedentes. Eso es algo que ha hecho la Revolución. Todas esas estudiantes universitarias, que en algunos años ven ustedes como las estudiantes son más según las estadísticas que los estudiantes varones. Eso es muy significativo, todo ese deseo por adquirir ciencia y conocimiento.

Luego, en los campos de deporte, vean ustedes como nuestras muchachas salen al campo, llegan a campeonas, logran el oro con el hiyab islámico… ¿qué mejor promoción que esa para el hiyab? Algunas de estas damas han venido y me han regalado sus medallas de oro. Yo, por otra parte, se lo devolveré para que lo guarden ellas, pero realmente de este tipo de mujeres estoy orgulloso. En una competición internacional que ven millones de personas a través de las cámaras, estas muchachas iraníes van ahí, consiguen el oro, levantan la bandera de su país y se alzan ahí con hiyab. ¿Cabe mejor o mayor promoción para el hiyab que esa? En distintos ámbitos, en las Olimpiadas de Ciencias, en diferentes lugares, en todas partes han progresado las mujeres. Realmente es así. Bien, ahora, varias de estas señoras han dicho que no se les da empleo, que no se las aprovecha de manera efectiva en las deliberaciones y tomas de decisiones. Pues sí, es un fallo, no cabe duda. Ese fallo debe corregirse, pero ya la existencia de todas estas mujeres con amplitud de miras, eruditas, sabias, investigadoras, expertas, escritoras… Yo realmente estos libros que me traen que tratan sobre mártires, sobre esposas de mártires y sus familias los disfruto mucho. Los autores son en su mayoría mujeres, que han adelantado a los hombres. ¡Qué plumas! ¡Qué estilos! Poetas mujeres, poetas muy buenas. Este poema que ha recitado la presentadora (3) era muy bueno, era de ella.

Notas

(1) Al-Kafi, vol. 11, pág. 170.

(2) Discurso en el encuentro del 8 de octubre de 2012 con un grupo de eruditos, estudiantes de ciencias islámicas y clérigos de la provincia de Jorasán del Norte.

(3) La Sra. Nafisé Sadat Musaví.