En el nombre de Dios, Clemente y Misericordioso (1).
Wa-l-hamdu li-l-Lah Rabbi-l-Alamín wa-s-salat wa-s-salam ala sayídina wa nabíyina Abi-l-Qásimi-l-Mústafa Muhámmad wa ala álihi-t-tayibina-l- atharina-l-muntayabín sáyama Baqíati-l-Lah fi-l-Ardain (2).
Muy bienvenidos, queridos hermanos, queridas hermanas, representantes del gran pueblo amado de Irán en la Asamblea de Consulta Islámica. En primer lugar, quisiera expresar mis felicitaciones por la fiesta de Eid al-Gadir; se trata verdaderamente una gran festividad para todo el mundo islámico. Las ideas vehiculadas por el suceso de Gadir deben ser objeto de atención; son ideas de gran calado que conducen a las enseñanzas del Islam. No se trata solo del nombramiento del Príncipe de los Creyentes para la wilaya; hay otras ideas subyacentes importantes. Igualmente, felicito el natalicio del imam Hadi (la paz sea con él).
Sobre la honorable y eminente Asamblea de Consulta Islámica, se ha dicho mucho; hemos dicho nosotros, han dicho otros y ahora, gracias a Dios, con este detallado informe del Sr. Ghalibaf —a quien, por otra parte, felicitamos por su presidencia—, quedan ya abordados en realidad todos o muchos de los aspectos necesarios, que pueden encontrarse en ese discurso y en los demás. Un servidor dirá asimismo algunas palabras.
La juridicidad de la Asamblea, el lugar que esta ocupa, se debe a la fuerza y validez de la ley. Lo que da valor a una asamblea legislativa y la coloca en un lugar respetado y honorable es la elaboración de las leyes, ya que la ley es el fundamento esencial de la vida social; la ley es condición necesaria de la vida social. Es eso lo que hace la Asamblea, y de ahí proviene fundamentalmente la importancia de esta institución.
Así, la ley es muy importante; ahora bien, desde el punto de vista de su validez racional, es mayor la fuerza de aquella ley que se base en la inteligencia colectiva. A lo largo de la historia, ha habido y hay leyes que lo eran y lo son —algunas de ellas además estaban bien, no estaban mal—, pero que salieron del cerebro de una sola persona; es conocida la Yasa de Gengis Kan. Ha habido así leyes muy válidas y fuertes que entraron en vigor y que el pueblo cumplía, pero para la gente de razón, la ley emanada del cerebro de una sola persona no vale tanto como aquella que surge de la inteligencia colectiva. Luego, si esa inteligencia colectiva presenta otra ventaja, como es que el grupo que se reúne para elaborar la ley —los portadores de esa inteligencia— represente a una nación, en realidad es esa nación quien está legislando. Naturalmente, con eso aumenta mucho su fuerza; en eso se basa la juridicidad de una asamblea legislativa: en primer lugar, en que legisla; en segundo lugar, en que su legislación emana de una inteligencia colectiva; y en tercer lugar, en que ese grupo es elegido por una nación. La nación se ha parado a reflexionar, ha elegido a ese conjunto de personas y las ha enviado a la Asamblea con una mayoría [de votos].
Muy bien, ese es el estatus de la asamblea legislativa. Ahora, junto a ese estatus jurídico, hay otro criterio de evaluación que debe también tenerse en cuenta, y es el estatus real, el peso real de la Asamblea. Hemos visto ya que, a juicio de la gente de razón, las asambleas legislativas de las democracias del mundo poseen ese carácter jurídico; son iguales desde el punto de vista jurídico, pero ¿lo son también en la realidad? No; una asamblea basada en la Revelación, en la religión, en personas puras, creyentes y piadosas no es igual a una asamblea compuesta por personas irresponsables; gente que, por algún motivo, ha sido electa en su país, pero no son personas de altura, no son personas sobresalientes, no son personas en quienes uno pueda confiar en asuntos personales, ¡cuánto menos en asuntos sociales y públicos! El peso real de una asamblea formada por individuos de ese tipo diferirá como la noche del día respecto de una compuesta por personas piadosas y elevadas. O, por ejemplo, una asamblea cuyo único afán sea servir a la justicia, que dedique grandes esfuerzos a evitar y oponerse al debilitamiento de los débiles y a que se ejerza presión sobre los oprimidos no es igual a otra cuya labor consista en ayudar a la injusticia, en ayudar a la discriminación, en ayudar a la brecha de clases, en ayudar a quienes atormentan a otros congéneres humanos; en ayudar, por ejemplo, a los asesinos de Gaza. Esas dos no son iguales.
Por lo tanto, junto al peso y la autoridad legal de que gozan todas las asambleas y que las sitúa a todas en un nivel elevado, nosotros contamos además con otro criterio, con otra vara de medir, que es el peso real, el cual en algunos lugares existe y en otros, no. Si lo analizamos desde esta perspectiva, quedará claro qué lugar ocupa la Asamblea de Consulta Islámica en el sistema de la República Islámica; es eso lo que quiero decir. El lugar y la importancia de ustedes como representantes de la Asamblea de Consulta Islámica en el Irán islámico, ¡en este mundo que estamos viendo!, no tiene parangón. Son ustedes la Asamblea de Consulta Islámica. El imam, que en paz descanse, insistía en la palabra islámica. En la primera legislatura, siendo yo representante, algunos decían entonces otra cosa; pero el imam dijo: «¡No! Asamblea de Consulta Islámica». De manera que el lugar que ocupa la Asamblea de Consulta Islámica es muy elevado; no podemos, al comparar esta asamblea con otras que se ven hoy en otros países, pasar por alto las ventajas que presenta esta asamblea de nuestro país.
Desde el inicio de la Revolución hasta hoy, en esta asamblea ha presentado diversas formas y contado con diversas tendencias políticas —de esto no cabe duda, las legislaturas no han sido todas iguales—, pero en general, cuando lo analizamos, vemos que esta asamblea es distinta de otras; esta asamblea es una asamblea sobresaliente, una asamblea excepcional. El respeto que nosotros profesamos por la Asamblea de Consulta Islámica se debe a que, además de su peso legal, tiene un peso real; y el respeto que profesamos a los representantes se debe a su pertenencia a ese valioso y distinguido conjunto [de personas]. Es por ello que, según las palabras que se citan del imam (Jomeiní, que en paz descanse), la Asamblea es «un concentrado de las virtudes de la nación» (3). Una asamblea que alcance tal grado de desarrollo y tenga tal origen es verdaderamente un concentrado de las virtudes de una nación y posee un valor extremadamente elevado.
Según lo veo yo, lo que me parece es que, si analizamos las implicaciones y el contenido real de esta asamblea, se trata de un lugar de adoración; esta asamblea de ustedes es una mezquita, un lugar de postración; es, en el verdadero sentido de la palabra, un lugar de culto, de devoción, de adoración. Cuando ustedes se sientan, reflexionan, se esfuerzan, trabajan, realizan las tareas que ha mencionado ahora el doctor Qalibaf, les dan seguimiento, legislan bien, etc. Cada una de esas acciones es un acto de adoración. La Asamblea es, por tanto, una mezquita, un ejemplo de [la aleya que dice]: La-máschidun ússisa ala-t-taqawa min áwwali yaumin ahaqqu an taquma fih, fihi riyalun yuhibbuna an yatatáhharu (4). Ejemplifica esa aleya; tal es la importancia de la Asamblea de Consulta Islámica. Esta es la perspectiva desde la cual un servidor contempla la Asamblea, y la definición en la cual la reconoce.
En la República Islámica, la Asamblea tiene un carácter noble, un carácter puro, y no tiene parangón entre las asambleas legislativas del mundo; así lo vemos nosotros. Ahora bien, aquí hay algo que decir, y es que ese carácter debemos preservarlo en sus numerosos aspectos. Es decir, ya que debe ser ússisa ala-t-taqwa (5), preservemos en la Asamblea la piedad y el temor de Dios; ya que debe ser un lugar de adoración, y en la adoración se requiere entrega y sinceridad, preservemos esa entrega sincera. [Sobre esto] he tomado algunas notas que quisiera compartir. Eso debe ser así, esas cosas se tienen que preservar. Esa nobleza de la Asamblea de Consulta Islámica a la que nos hemos referido no es algo que se mantenga y perdure en cualquier circunstancia; se debe preservar, debe mantenerse así, hay que dirigirla de esa manera. De lo contrario, hasta el asceta Barsisa pierde en algún momento su cualidad ascética: Ka-mazálihi-l-kalbi in táhmil aláihi yálhaz au tátrukhu yálhaz (6); eso es lo que pasa. Deben ustedes preservarlo; deben cuidarlo.
¿Quién debe preservarlo? Ustedes; son ustedes quienes deben preservarlo; son los propios representantes de la Asamblea quienes deben preservar esa dignidad y posición. Nosotros, desde fuera, debemos respetar a la Asamblea, y por supuesto lo hacemos, Dios mediante —es decir, todos deben respetar a la Asamblea—, pero dentro de la Asamblea, ¿quién debe preservar esa verdad, esa naturaleza, esa nobleza, esa integridad que hay en la Asamblea de Consulta Islámica? Los representantes presentes en ella; son ustedes [quienes deben preservarlo]. Por eso es tan importante su comportamiento. Su actitud es muy importante. Es por eso que, para la Asamblea, hay ciertas cosas que se deben y no se deben hacer. A lo largo de estos años, cada vez que se ha constituido una asamblea, un servidor ha dicho unas palabras, ha escrito unas líneas o unas páginas a modo de sugerencia y de convicción, las cuales están a disposición de sus señorías. Hay deberes y prohibiciones que deben observarse; algunas de esas cosas las han dicho ustedes mismos o las han dicho otros, y también yo he tomado nota de algunos puntos que quisiera mencionar ahora.
Lo primero, sobre esos deberes y prohibiciones, es que el representante debe considerarse a sí mismo responsable; ¿ante quién? Ante Dios y ante la ley. Para toda acción que quieran acometer, sientan ustedes que hay un juez que los interrogará al respecto, y sepan que habrán de responder. ¿Y qué requiere esa responsabilidad? Que, en aquello que realizan en la Asamblea —en el voto que dan ustedes a tal ley o en el que no dan a tal otra, al votar y al no votar—, no intervengan intereses personales. Miren ustedes verdaderamente con discernimiento, con atención; vean cuál es el interés superior, qué es lo que complace a Dios Altísimo, y voten en conformidad, sin que intervengan consideraciones personales. El primer requisito de la responsabilidad es que uno no dé cabida a ambiciones y objetivos personales; conflictos de interés, según la expresión corriente estos días, tomada en apariencia de una expresión europea. No se rindan ustedes a los conflictos de intereses.
Otra cosa a tener en cuenta es que el representante sea consciente de la repercusión de sus palabras, sus acciones y sus decisiones en la esfera pública del país. Antes de ser representantes, quizás fueron ustedes maestros, médicos, comerciantes, estudiantes religiosos; podían estar ustedes dedicados a tareas diversas y podían tener una opinión y decir algo sin que tuviera tanto eco, tanta repercusión. Pero al ocupar ustedes esa tribuna —la tribuna parlamentaria—, lo que digan sí tendrá repercusión. Algunos interpretarán sus palabras de cierta manera —porque no todos son piadosos y temerosos de Dios, hay quienes carecen de esa piedad— y harán mal uso de ellas conforme a sus propios deseos y en perjuicio del país, en perjuicio del sistema político, en perjuicio del gobierno, en perjuicio del interés nacional. Deben ustedes cuidar lo que dicen.
Las palabras que ustedes pronuncien en el púlpito de la Asamblea deben generar esperanza y tranquilidad en el tejido social. Afortunadamente, hace un tiempo que la Asamblea posee esa condición; antes, durante una época, si uno encendía el altavoz de la Asamblea, salían de él peleas, divergencias, etc. Gracias a Dios, ahora no es así, la Asamblea no genera divergencias y, en gran medida, es realmente tranquilizadora; eso es importante. Lo que se dice en la Asamblea por boca de los representantes debe dar muestra de la racionalidad de la Asamblea, debe mostrar que se está trabajando y hablando de manera pensada; que la audiencia llegue a esa percepción; eso tendrá muchas repercusiones. Debe mostrar adhesión a los principios de la Revolución. No nos figuremos que debe influir en nuestras palabras el qué agrade a fulano o mengano, que están sentados en sus casas en tal rincón del mundo. No, nosotros tenemos unos principios, tenemos unos ideales y tenemos unos deberes estipulados, a los cuales se debe dar muestra de adhesión en las expresiones de los honorables representantes.
Se debe dar muestra de determinación y poder —especialmente en el ámbito internacional—; es decir, deben ustedes hablar de tal forma que dé muestra de determinación, que dé muestra de poder, que dé muestra de que la nación — a la cual ustedes representan— tiene determinación, de que tiene voluntad, de que la voluntad de la nación es firme, de que tiene poder. Eso no es, además, faltar a la verdad; es la realidad misma de los hechos. El nuestro es realmente un pueblo decidido y resuelto. ¿Qué otro pueblo conocen ustedes que se enfrente a potencias como esas que hay ahora en el mundo ocupadas en decir disparates, en imponer cosas y en dar órdenes a este y aquel, que resista, plante cara y hable con firmeza, con claridad y con nitidez? Aparte de nuestro pueblo, pocos hay así. Los europeos quedaron titubeantes ante ciertas cosas; nuestro pueblo, no. Nuestro pueblo se mantiene firme en sus posiciones. Con tanta propaganda como hicieron y siguen haciendo continuamente contra el imam [Jomeiní], ustedes ya ven lo que hace la gente en el día de su fallecimiento, ¡después de cuarenta y tantos años! Con todo lo que han hablado contra la Revolución, ustedes ya ven ¡cómo sale a la calle la gente y de qué manera en los Veintidós de Bahmán (7), con el frío y en esas circunstancias! Eso muestra poder, muestra una voluntad fuerte. Se debe reflejar; se debe ver al expresarse ustedes, al actuar ustedes, al decidir ustedes y en la aceptación o rechazo por ustedes de leyes o de personas. Ciertamente, yo veo eso y sus efectos en gran medida en la Asamblea. Hasta donde puedo informarme ahora, está bien, gracias a Dios. Insistan en ello; se trata de cuestiones importantes.
Otro deber atañe a la cuestión de la cohesión nacional. Hoy más que nunca, la cohesión de la nación es una necesidad —siempre ha sido necesaria, pero hoy lo es más que nunca—. Las divergencias —divergencias de enzarzarse— son siempre perjudiciales, incluso si esos enzarzamientos no son, digamos, por una cuestión personal; ya el hecho de que planteemos nuestras divergencias de opinión, políticas, laborales, etc. en forma de disputa y conflicto es siempre dañino, y hoy más que nunca. Yo he dicho reiteradamente que, en las cuestiones fundamentales, el país debe hablar con una sola voz y actuar como un solo hombre. Nuestro pueblo y nuestro colectivo —nuestro colectivo político, el colectivo que dirige el país— deben actuar como un solo hombre. Las condiciones están ahí. Afortunadamente, los jefes de los tres poderes del Estado mantienen reuniones positivas. Con algunos gobiernos, un servidor insistía enfáticamente en que se reunieran, en que se sentaran juntos a resolver sus problemas; que en lugar de hablar como hacían los unos contra los otros frente a los micrófonos, hablasen entre ellos en reuniones privadas; les costaba. Ahora, gracias a Dios, se juntan y hablan, plantean sus problemas, tratan de resolver las dificultades juntos. En ese sentido, ahora se dan las condiciones y, gracias a Dios, existe una cierta convergencia relativa entre los poderes. Eso debe preservarse; debe preservarse, que no haya división en bandos y que no se dé el caso de que la megafonía de la Asamblea muestre divergencias, lo que gracias a Dios no ocurre. Y estos son a grandes rasgos nuestros consejos y lo que teníamos que decir. Hay también algunos detalles específicos, de los cuales he anotado tres o cuatro para decírselos.
Uno de esos asuntos es el Séptimo Plan (8). El arranque del plan coincidió aproximadamente con el inicio de esta legislatura. Se trata de una oportunidad. Los planes anteriores —este es el séptimo, lo que quiere decir que antes hubo otros seis— se cumplieron como máximo en un treinta y cinco por cien del total, aproximadamente. ¿Qué quiere decir eso? Que los planificadores del gobierno, de la asamblea —porque los planes los aprueba la asamblea— se sientan, consumen horas y horas, se gastan todos estos recursos humanos y financieros, se saca un plan, ¡y luego ese plan no se implementa! Vayan ustedes y tomen un taxi, paguen mucho, lleguen hasta el consultorio del médico, esperen allá una o dos horas hasta que les llegue el turno, vean al doctor, que este les dé una receta, y ustedes salgan, ¡rompan la receta y tírenla! ¿Es eso sensato? No debemos actuar de modo que un plan se implemente al treinta y cinco por ciento; los planes se deben cumplir al cien por cien. En fin, si hay alguna pequeña negligencia —que generalmente la hay— y es al noventa y cinco o al noventa por cien, sea, pero el plan se debe cumplir; ocúpense de ello. Esto estaba en la intervención del señor Qalibaf, pero se debe hacer de verdad. El plan es el plan, y necesita su legislación; para implementar todas las cláusulas de un plan, hace falta legislación. Vean ustedes que, allá donde falte legislación y sea necesaria para implementar un plan, se legisle —de manera correcta, Dios mediante—.
El segundo tema es el del proceso de revisión (9) de las leyes. Un servidor ha discutido y hablado reiteradamente de este tema de la revisión de las leyes, y antes, aquí fuera, sus señorías —el señor Qalibaf y sus colegas— nos han enseñado una página sobre los trabajos que se están realizando para estos procesos. Por ejemplo, han sacado las leyes inválidas en el ámbito del medio ambiente, y las han escrito aquí; han sacado las leyes inválidas en distintos ámbitos. Recientemente, quieren también utilizar inteligencia artificial, dispositivos electrónicos y cosas por el estilo para que esa tarea se lleve a cabo. Me lo explicaron, y a los hermanos que estaban allá explicándolo les dije que todo eso son preparativos; son tareas preliminares de la revisión de las leyes, no la propia revisión. Si esos preparativos se aprovechan bien y se va al fondo del asunto, tendremos un proceso de revisión legislativa.
Me han pasado un informe —por más que el señor Qalibaf cuestiona este informe nuestro, y dice que probablemente les faltara información—, según el cual, de cincuenta epígrafes propuestos para su revisión, ¡se ha aprobado uno y quedan cuarenta y nueve! En fin, es lo que dice ese informe nuestro. Él cree que el informe no es preciso; quiera Dios que no lo sea, pero, si lo es, eso no está bien. El proceso de revisión de las leyes es muy importante, y los beneficios de ese proceso que ha mencionado (10) son los mismos que teníamos nosotros en mente al insistir tanto en ello.
Tercer asunto: la asistencia de los representantes. Una vez, en una reunión aquí con los representantes de una de las legislaturas pasadas de la Asamblea, dije una frase que, por otra parte, no deseo repetir respecto a esta, pero a ellos sí les dije así: «Cuando veo en la televisión la imagen de la sesión plenaria de la asamblea, me avergüenzo ante el pueblo, porque muchos escaños están vacíos (11)». Es importante. La asistencia al hemiciclo y a las comisiones es necesaria; es una necesidad. Y una segunda necesidad es la preparación: que hagan ustedes estudios previos. ¡Dios tenga misericordia del difunto señor Ajtarí (12)! Cuando era representante en la asamblea, me dijo: «Yo, antes de la sesión, estudio» —creo que dijo varias horas—. «La ley que se va a discutir hoy», decía, «me siento varias horas a estudiarla, analizo sus aspectos y a veces la consulto con un experto». Así debe ser. El de la Asamblea es un trabajo fundamental, no algo secundario que se hace junto a otras actividades; no, es la labor principal del representante durante esos cuatro años. La tarea principal es esa; deben ustedes participar en las comisiones y en el pleno con total preparación y habiendo estudiado. Y esta era otra recomendación.
Otra recomendación: la colaboración con el gobierno. En fin, en esa colaboración entra un amplísimo espectro de cosas. Una de las formas de colaborar con el gobierno consiste en no ocupar sin necesidad a los responsables del gobierno multiplicando las interpelaciones y comparecencias en la cámara. La gente del gobierno —no solo del actual, aunque también me han expresado sus quejas, sino mucho más de los anteriores— vino y nos dio datos del número de requerimientos de información durante tal período; un número muy elevado, cuando muchas de esas interpelaciones no son necesarias; no todas las convocatorias son imprescindibles. Cuando citamos a un ministro en una comisión, le hacemos perder dos, tres horas o más de su tiempo. Eso deberían reducirlo en cierta medida, y este es un ejemplo concreto de esa colaboración con el gobierno: hay que limitarse al mínimo indispensable.
Lo mismo aplica para esas investigaciones parlamentarias que se realizan a veces, invocando por ejemplo el control parlamentario. Sin ningún genero de dudas, la Asamblea tiene pleno derecho a hacer auditorías; ahora bien, ¿con qué enfoque? ¿Con qué motivación? Hay ocasiones en que una fuente oficial fidedigna nos hace llegar un informe de algún organismo por el que estamos obligados a ir e investigar. Pero otras veces, no; no hay una fuente a la que se le pueda atribuir tal credibilidad; ha llegado un informe de algún sitio, sin más. En esos casos, tanto la Asamblea como el organismo afectado se ven enredados. Por tanto, otra recomendación nuestra es que esas investigaciones, interpelaciones, comparecencias y similares se limiten cuanto se pueda, a lo que sea realmente necesario. Por supuesto, un servidor reconoce cabalmente ese derecho a la Asamblea, pero en la medida de lo necesario; que no se exceda esa medida de lo necesario.
Otro asunto, sobre el cual he insistido en varias ocasiones ante la Asamblea, es el de los proyectos de ley de índole económica: la modificación de esas iniciativas se debe limitar; no debe haber excesivas alteraciones. Un proyecto de ley económico tiene su principio, su final, una estructura global, un esqueleto coherente; cuando ustedes lo alteran en demasía y se aleja de su forma original, pierde su efectividad. Y luego, al implementarse, no se obtienen los resultados esperados y las responsabilidades se diluyen. El gobierno argumenta: «Si la Asamblea hubiera aprobado mi propuesta original, habría funcionado», la responsabilidad recae sobre la Asamblea, ¡y esta replica a su vez con otro argumento! Eso no puede ser. En mi opinión, en la medida de lo posible la alteración de los proyectos de ley económicos ha de minimizarse.
En cuanto al presupuesto, sus señorías responsables del gobierno dicen ahora que, para el próximo año, quieren elaborar un presupuesto operativo. Ya antes se hablaba mucho de presupuesto operativo; sucedía incluso que decían que el presupuesto que habían elaborado era operativo, pero luego resultaba que no lo era, sino que estaba basado en gastar. Quien dice presupuesto operativo dice costos y beneficios: que en la medida en que se gasta, haya una acción y un beneficio correspondientes; eso es un presupuesto operativo. Pues, ahora que el gobierno elabora el presupuesto y lo va a presentar a la Asamblea, presérvese la estructura general del presupuesto; no que no se toque en absoluto —en definitiva, habrá aspectos que la Asamblea critique, y tiene derecho a ello, se tienen que enmendar—, pero el esquema general y columna vertebral del presupuesto no deben alterarse.
En segundo lugar, no deben incluirse en el presupuesto fuentes de ingresos ficticias; ese es un problema que hemos tenido. Los gastos son en su mayoría reales y rara vez hay irregularidades, pero los activos e ingresos son muchas veces irreales. En fin, lo vemos en los presupuestos de distintos años: «¡El gobierno debe obtener tal cantidad de ingresos de la venta de petróleo!». Y luego, tales ventas ni existen ni son posibles siquiera. Pongan en los presupuestos ingresos reales, y esa es otra recomendación que queríamos plantear.
El último punto es algo de lo que que ya hablado un servidor y que se ha dicho ya muchas veces, y es que la Asamblea debe tener orientación revolucionaria. Se trata de la Asamblea de la Revolución; debe tener orientación revolucionaria. Ahora bien, tengan cuidado de no equivocarse al entender lo que significa revolucionario. Ser revolucionario no se reduce a hacer ruido; ser revolucionario significa avanzar hacia los ideales; ese es el primer pilar de lo que es ser revolucionario. No olvidemos para qué se hizo la Revolución. Muchos de ustedes, jóvenes —y, afortunadamente, esta es una Asamblea relativamente joven—, no estaban ahí en la época de la Revolución, no estuvieron ahí durante las luchas ni vieron el Movimiento. ¿Y cuáles eran los objetivos del Movimiento? Basta con revisar los discursos del imam (Jomeiní) para que quede claro; fíjense en los eslóganes de la Revolución y les quedará claro; observen los ideales que se mencionan en relación con la Revolución y les quedará claro. No debe haber un desvío respecto de los ideales de la Revolución. Ese es el primer pilar de lo que es ser revolucionario; y luego, la valentía en la expresión de las convicciones. Ser revolucionario es eso: expresar esas convicciones con franqueza, con claridad, de forma adecuada y con respeto.
Otro de los pilares del espíritu revolucionario es dejar a un lado todo interés personal en las evaluaciones operativas. Supongamos, por ejemplo, que, por razones de trato o preferencias políticas, a uno le agrada cierta persona y tal otra, no. Eso lo debemos dejar a un lado por completo. En las evaluaciones que se hacen en relación con el trabajo, se deben descartar cuestiones personales, favoritismos, gustos individuales y similares; es eso, ser revolucionario.
Luego, está tener presente a Dios; verse a uno mismo en presencia de Dios. El imam (que en paz descanse) dijo, con su característica brevedad: «El mundo es el lugar de la presencia de Dios» —mahzar es el lugar de la presencia de algo— (13). Todo este mundo que existe es el lugar de la presencia de Dios Altísimo. Ahora mismo, mientras ustedes y yo hablamos, lo hacemos en la presencia de lo Divino; seamos conscientes de lo que decimos, pensemos en satisfacer a Dios, tengamos presente lo que el Altísimo requiere de nosotros y lo que conduce a Su satisfacción. Ser revolucionario son esas cosas.
Además, [hay que] hablar, expresarse y tomar decisiones con rotundidad, con valentía y con franqueza dentro de las posiciones de la Revolución. Cuando en algún rincón del mundo un insensato dice algo, lanza una calumnia contra la República Islámica que se difunde globalmente, la Asamblea debe responder unida, con fuerza y con contundencia. A veces hace falta que la respuesta la de el conjunto de los representantes; otras veces, es necesario que se posicionen y respondan uno o dos diputados —o, por ejemplo, el representante de la Comisión Política—. Que se posicionen y respondan, sin contemplaciones. Son esas cosas el espíritu revolucionario. Por supuesto, no es muy deseable que desde la majestuosa tribuna de la Asamblea se emitan palabras que puedan interpretarse como ofensivas o impropias.
En todo caso, rogamos a Dios Altísimo que les conceda a todos ustedes éxito y guía divina, y esperamos que sean ustedes retribuidos por los esfuerzos que realizan, y que Dios Altísimo los ayude a llegar hasta el final de esta legislatura de manera óptima, Dios mediante, a estar allá donde su presencia sea necesaria, y que Dios Altísimo les otorque a todos ustedes una larga vida, Dios mediante, exitosa y marcada por el servicio.
Con ustedes la paz, la misericordia de Dios y Sus bendiciones.
Notas
(1) Al comienzo del encuentro, presentó un informe el señor Mohammad Baqer Qalibaf, presidente de la Asamblea de Consulta Islámica.
(2) Toda alabanza sea para Dios, Señor de los Mundos, y las bendiciones y la paz para nuestro maestro y profeta Abulqásim al-Mustafa Muhammad, así como para su familia excelsa, purísima y selecta, en especial para el Imam de la Época.
(3) «Discurso ante los representantes de la Asamblea de Consulta Islámica (25/05/1980)». Sahife-ye emam, vol. 2, pág. 345.
(4) «Una mezquita fundada sobre el temor de Dios desde el primer día tiene más derecho a que asistas a ella. En ella hay hombres que aman purificarse» (Sagrado Corán, 9:108).
(5) «Fundada sobre el temor de Dios» (véase la nota anterior).
(6) «Su ejemplo es como el del perro, que jadea si lo atacas, y si no le haces caso, jadea también» (Sagrado Corán, 7:176).
(7) El 22 de bahmán de 1357 H. s. (11 de febrero de 1979 d. C.), se produjo el triunfo de la Revolución Islámica de Irán frente al régimen de los Pahlaví. En recuerdo del acontecimiento, el pueblo iraní participa todos los años en el día 22 de bahmán en marchas conmemorativas por todo el país.
(8) El Séptimo Plan Quinquenal de Progreso de la República Islámica de Irán. Véase el anuncio de las directrices generales del Séptimo Plan, con prioridad en el progreso económico acompañado de justicia (12/09/2022).
(9) Conjunto de acciones y procesos que incluye la recopilación, clasificación y depuración de leyes.
(10) El presidente de la Asamblea de Consulta Islámica.
(11) Discurso en el encuentro del 16 de junio de 2004 con los representantes en la Asamblea de Consulta Islámica.
(12) El hoyatoleslam Abbás Alí Ajtarí, representante en las legislaturas primera y séptima de la Asamblea de Consulta Islámica.
(13) Véase, p. ej., «Discurso ante familiares de mártires y gente de extracción social diversa», Sahife-ye emam, vol. 13, pág. 461 (28/12/1980).